Capitalismo, racismo y dominación

(Este es el Capítulo II del borrador de lo que será mi segundo libro, preliminarmente titulado “Puerto Rico: Cultura y parálisis”).

Las versiones históricas que han prevalecido en Puerto Rico y en Estados Unidos están repletas de omisiones y lagunas. Por ser incompletas, también son falaces. Al no permitir entender el pasado, esas versiones opacan el presente; y un presente ininteligible no permite imaginar futuros.

El devenir histórico de Estados Unidos debe ser de interés para los puertorriqueños, por razones obvias. Tener un entendimiento lo más amplio posible de la historia estadounidense no solamente abre brechas hacia la comprensión de la cultura de ese país y su dominio sobre Puerto Rico desde 1898 hasta hoy, sino de lo humano en general. Nos hemos negado ese entendimiento, lo que también ha contribuido a la longevidad de la subordinación política y material a un país cuyos gobiernos y empresarios nos han visto y tratado como peones en su tablero de ajedrez.

Esa subordinación se ha dado con nuestra anuencia o conformidad. A su vez, la complicidad de los «líderes políticos» del país con el estado colonial de cosas ha sido producto de su pasividad, o de su oposición inefectiva, partiendo siempre de la debilidad, el fatalismo, y la ausencia de entrega a los intereses del colectivo.

Algunas constantes de la cultura estadounidense

En Inglaterra, «el protestantismo, el nacionalismo, y el capitalismo formaron la economía y la sociedad inglesa». [1] Esa cultura se trasplantó a las trece colonias. [2] Desde el mismo siglo 17, esas colonias estaban estratificadas, con una clase alta compuesta de terratenientes, comerciantes y algunos profesionales; otro grupo compuesto por artesanos, mano de obra y pequeños propietarios; sirvientes a contrato (indentured servants), quienes eran cuasi esclavos por tiempo limitado, y esclavos –seres humanos secuestrados en África.

La desigualdad económica siempre fue notable, aunque nunca produjo la miseria que la desigualdad producía en la Europa de la época. [3] Había pobreza en las 13 colonias, pero los únicos miserables eran los esclavos. La institución de la esclavitud, apuntó Arendt, era más desgraciada que la mera pobreza, a la vez que los esclavos de origen africano fueron eventualmente ignorados por quienes se esforzaron en liberar las colonias y establecer allí un régimen de libertad. [4]

En un patrón que se repetía en todas las colonias y en las ciudades importantes, en el Boston de 1687 cincuenta individuos controlaban un cuarto de la riqueza. Esa desigualdad se ahondó al aumentar la riqueza y la población. Para 1770, el uno por ciento al tope de la pirámide controlaba el cuarenta y cuatro por ciento de la riqueza. [5]

La pobreza nunca llegó al extremo que en esa Europa de los siglos 17 y 18, que todavía no había abolido del todo el feudalismo. Aun así, la lucha de clases comenzó temprano en la era colonial, y gran parte de las energías de los grupos dominantes y de los gobiernos coloniales se volcaron hacia reprimir rebeliones e intentonas de rebelión, o descontento en general, el cual tomaba varias formas. [6] Las élites vivían en la más ostentosa opulencia que era posible obtener en la época, lo que añadía al resentimiento del resto de la población. [7] Como ha sido el caso hasta hoy, las guerras enriquecían a comerciantes y otros adinerados, pero empobrecían al resto, para quienes significaban pelearlas, además de impuestos más altos y desempleo. [8]

Una constante que explica a Estados Unidos es el afán de expansión económica o «capitalista», la cual hasta comienzos del siglo 20 vino de la mano de la expansión territorial. La agenda de expansión capitalista, dictada por la adinerada burguesía, usaría el poder y violencia del estado para eliminar los obstáculos a la necesidad del capital de hallar nuevas fuentes de inversión y riqueza. Otra constante es la tensión entre la actividad capitalista y su reglamentación por el estado (incluso el requerimiento de aportaciones al mismo mediante impuestos).

Desde tiempos coloniales, Benjamin Franklin, James Otis, entre otros, instaron al gobierno británico a eliminar controles gubernamentales a la actividad empresarial. Franklin se valió de argumentos económicos, hoy familiares en boca de los neoliberales. Otis echó mano de los argumentos «libertarios», con ropaje de «derechos», los cuales se convirtieron en uno de los pilares del discurso del capitalismo. Todo indica que Otis fue el primero en articular argumentos jurídicos similares a los utilizados un siglo y medio después para invalidar leyes que buscaban proteger de la explotación extrema a los más desvalidos, incluso niños y mujeres que trabajaban en los sweatshops de los siglos 19 y 20. [9]

El neoliberalismo es la última etapa de la arrolladora hegemonía planetaria del capitalismo. El neoliberalismo no es nuevo, dados los abusos y desbalances que se dieron en el siglo 19 y la primera mitad del 20. La presente versión del capitalismo depredador repite la misma vieja historia de la rebelión de los ricos y sus corporaciones a las reglamentaciones e impuestos, en este caso las medidas del gobierno de Estados Unidos que sirvieron de marco para el boom post-Segunda Guerra Mundial, y para la consolidación de una clase media.

Otra de las constantes de la cultura estadounidense es el énfasis en su supuesta excepcionalidad y superioridad. [10] Además, dicha cultura adoptó y desarrolló su particular versión del conjunto de ideas, actitudes y acciones que conocemos como «racismo», las cuales se utilizaron como racionalización, explicación y justificación para el dominio sobre los pueblos indígenas, los afroamericanos, los inmigrantes de Asia y América Latina; y sobre los puertorriqueños en cuanto «sujetos coloniales», cuya pertenencia a otra entre tantas «razas inferiores» nos «incapacita», tanto para dirigir nuestro destino como para ser parte integrante del país cuyo gobierno así nos percibe y trata. [11]

Además del papel central del individualismo, el capitalismo y el racismo, hay otras constantes importantes que siguen vigentes en el siglo 21. Éstas incluyen los conflictos de clase, la desigualdad de riqueza, el miedo de las clases dominantes a que las masas se rebelen o de otra manera entorpezcan la maquinaria capitalista, y la consciencia de muchos en las clases subordinadas del afán acaparador y avasallante de los ricos y poderosos, y de su corrupción.

Las raíces coloniales de la explotación y el racismo

A través de su historia, a Estados Unidos de América lo ha caracterizado su resistencia a la implantación cabal de los ideales liberales y democráticos que articularon sus propias élites como justificación para declarar la independencia. Esa resistencia se entronca en una cultura que se fue forjando desde tiempos coloniales, la cual a su vez tiene raíces en la vieja Europa, sobre todo en Inglaterra.

Los ingleses de los siglos 16 y 17 ya alardeaban de su supuesta excepcionalidad, y de ser superiores a los españoles y portugueses, quienes –decía su retórica– carecían de la vocación de libertad de los compatriotas de Shakespeare. [12] Según los ingleses de la era de Elizabeth I, su expansión en las Américas sería benigna, muy distinta a la opresión portuguesa y española, pues llevarían al resto del planeta la «libertad inglesa». [13] Por supuesto, lo que ofrecieron fue lo mismo que los ibéricos: esclavitud, opresión, explotación, y exterminio.

Los colonos que se establecieron en Jamestown, en lo que sería la colonia de Virginia, no tenían otras pretensiones que las de hacer riqueza, para lo cual encontraron necesario desplazar y matar a los nativos o «indios», e importar esclavos europeos (indentured servants) y africanos. [14] Por su parte, los colonos ingleses que llegaron a Plymouth articularon nociones de excepcionalidad, y la idea de que estaban llamados a ser los «redentores» de la humanidad. [15] Por supuesto, esos colonos de Nueva Inglaterra y el resto de las colonias del «norte» también desplazarían y matarían a los «inferiores» nativos, [16] y tendrían esclavos.

Es también harto conocido que la economía de plantación de las colonias sureñas requería mayor número de esclavos que las de las colonias «del norte».[17] Ahí comenzaron unas diferencias que, desde el mismo siglo 18, causarían dificultades a la nueva nación en sus esfuerzos de unirse en, y mantener intacta, una entidad política. Las dificultades alcanzarían su clímax con las tensiones que desembocaron en la Guerra Civil de 1861–1865. Pero no se debe olvidar que la esclavitud era un buen negocio tanto para los dueños de plantaciones como para los comerciantes, banqueros, abogados, artesanos, fabricantes, y constructores y dueños de barcos de los estados del norte. [18]

La esclavitud «blanca» (los indentured servants, o sirvientes por contrato), sistémicamente menos cruel que la africana, era además de duración limitada –hasta 7 años. Eventualmente, desaparecería –en 1787, la Constitución que emergió de Philadelphia reconoce su existencia– pero ello no significa que a estos humanos de origen europeo les fue bien en las colonias. Su tratamiento también fue vil, y basado en el deseo de explotar su trabajo y sus cuerpos al menor costo posible para los «amos». [19] No es menos cierto, sin embargo, que desde temprano en el periodo colonial se trató distinto –peor– a los esclavos africanos, en lo que resultó ser una de las estrategias de dominación para mantener divididos a dichos grupos. [20]

La necesidad de control social partía de un miedo perenne a las rebeliones. Las élites coloniales también le temían al resentimiento de los «pobres blancos», en sociedades con limitada movilidad social, y con una clase rica en cada colonia que poseía los medios y la voluntad para acaparar la riqueza. [21] Los africanos serían esclavos mientras vivieran, al igual que su descendencia. Esa diferencia se explicaría y justificaría con la articulación explícita y elaborada de que los seres humanos se clasifican y dividen a base de su «raza».

El racismo parte de la convicción de que hay tal cosa como «razas», y que unas son superiores a otras. El color de la piel –la mayor o menor presencia de los pigmentos que conocemos como melanina– se convirtió en el criterio visible de esas diferencias, las cuales a su vez se traducen en supuestas variaciones de intelecto, de bondad, de capacidad para la libertad y para la ciudadanía plena, y para gobernarse. Es decir, por naturaleza, unas razas están destinadas a dominar, otras a la subordinación. Tamaña ideología. [22]

No se debe pasar por alto la ironía –incluso la tragedia– de que la idea de «raza» se basa en falsedades, en nociones que no tienen entronque alguno en la realidad biológica, moral, intelectual y artística de los seres humanos. Sólo existe una especie de homo sapiens, una sola especie humana. Las diferencias entre los llamados «grupos» humanos son superficiales, producto de aislamiento geográfico y diferencias ambientales que no produjeron distintas especies o sub-especies de humanos. [23] Por eso es común dar con personas que tienen una secuencia genética más similar a una persona de otra «raza» que a alguien de la propia o, incluso, que un familiar. [24]

Esa idea de raza es, por lo tanto, un constructo arbitrario y falaz. Su efectividad se debe, entre otros factores, a que se ha utilizado para simplificar la complejidad de la realidad humana, a satisfacer el extraño deseo de hacer inteligible lo que es complicado, aunque las explicaciones que emerjan sean erradas. También es un invento poderoso, porque se ha utilizado para racionalizar y justificar la opresión y explotación de unos seres humanos por otros; y porque ha dado a millones una razón para sentirse superiores a otros humanos, aunque no participen de la riqueza, poder y dominación de aquellos que más se benefician de mantener a la gente dividida en tribus o en «razas». Popper lo articuló así: To tell men that that they are equal has a certain sentimental appeal. But this appeal is small compared with that made by a propaganda that tells them that they are superior to others, and that others are inferior to them. [25]

Cuando Puerto Rico pasó a ser una «posesión» de Estados Unidos, la idea de raza y el racismo ya se habían utilizado para justificar la aniquilación y desplazamiento de los Native Americans, al igual que para esclavizar a los afroamericanos y, más tarde, para mantenerlos en un estado de subordinación y miseria luego de su «emancipación». No es de extrañar, por lo tanto, que también se usaran para justificar la sujeción colonial de los puertorriqueños, a quienes desde entonces nos consideran doblemente incapacitados para gobernarnos: Incapaces para formar parte integral de la polis estadounidense, y para tener amplios poderes de gobierno –ya sea en algún arreglo de asociación con Estados Unidos, o con cabal independencia.

Lord Mansfield y el problema de representación

Las élites coloniales que declararon la independencia en 1776 tenían, como una de sus razones para separarse, el afán de hacer más riqueza y de proteger la que ya habían adquirido. Hay dos detonantes importantes que contribuyen a precipitar su independentismo: El parlamento inglés no solamente estaba legislando nuevos impuestos, sino también restricciones comerciales y de producción, todas diseñadas para proteger los intereses financieros y capitalistas de las élites de Gran Bretaña, y los intereses del imperio. [26] Otros factores incluyen el acuerdo de 1763 de Gran Bretaña con las tribus al oeste de las Apalaches, que limitaban la toma de tierras indias. Ese acuerdo tampoco fue bien recibido por los colonos. [27]

Además, los colonos temían que ese parlamento eventualmente legislara para abolir la esclavitud, un temor catalizado por la decisión de Lord Mansfield en Somerset v. Stewart,[28] la cual fue vista en las colonias, sobre todo en las sureñas, como un mal augurio. [29] Sobre todo, porque las expresiones de Mansfield enviaron el mensaje de que el Parlamento británico podía abolir en cualquier momento la esclavitud en las colonias.

En esa decisión, Mansfield declaró que la esclavitud solamente puede existir si es sancionada por ley, a la vez que reafirmó la noción de la supremacía del Parlamento británico sobre las colonias. A pesar de que los habitantes de las colonias no tenían representación en Londres, Mansfield afirmó que el Parlamento tenía la misma autoridad sobre ellos que poseía sobre los habitantes de Gran Bretaña (votaran o no para enviar representantes al Parlamento), y sobre los del resto del imperio. [30]

A la doctrina de Mansfield se antepondría, no ya el slogan colonial de no taxation without representation, sino la noción de que los colonos debían decidir sobre su vida económica; no un parlamento distante al cual las colonias no enviaban representantes. Más allá de consignas, las élites coloniales se movilizarían para protegerse de lo que percibían como amenazas a sus intereses y su forma de vida.

Principios democráticos y su incumplimiento

La Declaración de Independencia postuló como «verdad evidente por sí misma» (self evident truth) que «todos los [seres humanos] son creados iguales» (all men are created equal), provistos desde su nacimiento de los derechos inalienables a «la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad». En el mismo pasaje, la Declaración añade que los gobiernos son legítimos solamente cuando actúan con el «consentimiento de los gobernados».

Quienes requieren movilizar a las masas echan mano de las ideas disponibles en su medio socio-cultural, con la esperanza de convertirlas en motivación, en inspiración, en algo que se perciba como más grande que la inmediatez de la rutina cotidiana o de los destinos individuales. Los independentistas que se congregaron en Philadelphia en el verano de 1776 apostaron a que su denuncia de la tiranía británica, entroncada en la retórica ilustrada de los derechos inalienables de los seres humanos, proveería la llama para encender y sostener el entusiasmo de la población en general, y en particular de quienes ya estaban peleando y muriendo en los campos de batalla al mando del hombre más rico de las colonias, George Washington.[31]

Una de las paradojas, e ironías, del drama histórico estadounidense –y humano en general– es que la élite que articuló esos principios no los llevó cabalmente a la práctica. [32] Sus intereses económicos y de clase siempre estuvieron por encima de cualquier otra consideración –como ocurre todavía hoy. Además, desde tiempos coloniales se fue desarrollando una cosmovisión que se caracteriza por resistir o ser impermeable a la igualdad. Esa forma de relacionarse con la realidad ha sido moldeada por la historia y la cultura resultante de esa historia, y se ha reproducido hasta nuestros días. [33] Con importantes excepciones, los descendientes de los founding fathers han probado ser igualmente incapaces de actuar a la altura de los ideales expresados en la Declaración de 1776. La inequidad es histórica, cultural y estructural.

La promesa de democracia sustancial sigue incumplida, aunque ha tenido el efecto de inspirar y legitimar reclamos en esa dirección de parte de los marginados, los discriminados, los oprimidos, los olvidados, no sólo en la sociedad estadounidense, sino en el planeta entero. Pero, para aquellos a quienes los define el afán de ganancias, o una resistencia visceral a la más amplia democracia sustancial, aspiraciones de justicia e igualdad nunca pasan a un primer plano. Eso era cierto en el siglo 18, y lo es en el siglo 21.

“The Business of America [Has Always Been] Business”

No obstante las mitologías y apologías sobre la Constitución que salió de Philadelphia en 1787, [34] no parece haber duda de que uno de los propósitos detrás de la redacción de ese documento era facilitar la expansión económica –hoy la llamamos «expansión capitalista». [35] A través del nuevo gobierno federal, las élites asumieron el control exclusivo de la expansión territorial, que incluyó hacer o no hacer estados a nuevos territorios; al igual que del comercio interior y exterior, de la moneda, la banca, las quiebras, las patentes, las relaciones exteriores, y del poder de hacer tratados.

La constitución capitalista

Esa Constitución incluye una prohibición al menoscabo de los contratos, a la vez que le dio poder sustancial a los esclavistas de las plantaciones del Sur, al contar al 60 por ciento de los seres humanos esclavizados que vivían en cada estado para determinar la representación en la Cámara de Representantes; [36] y proveerle asistencia en la recuperación de los esclavos fugitivos. [37] También federalizó la supresión de rebeliones de esclavos, al autorizar el Congreso a movilizar la milicia en esos casos. [38]

Todo ello, y más, se estableció para proveerle paz mental a las élites del norte y del sur; y darle rienda suelta al afán de consolidar y aumentar su riqueza. Sobre la esclavitud y su rol en la producción y consolidación de riqueza –lo cual en Estados Unidos siempre se traduce en un rol político–, la conclusión de Waldstreicher parece ser inescapable: «La esclavitud fue tan importante en la creación de la Constitución como lo fue la Constitución en la sobrevivencia de la esclavitud». [39] Pero, más allá de consolidar la esclavitud, de la cual vivían entonces gran parte de la población y hombres de negocio, tanto en el norte como en el sur, la Constitución estableció el marco institucional para la expansión económica y territorial que continuó avasalladoramente entre 1788 y 1898.

Estados Unidos es probablemente el más capitalista de los países capitalistas. En contraste con Europa, en Estados Unidos los capitalistas –los ricos, la clase propietaria, los esclavistas, los comerciantes e industriales– han formado parte de la élite gobernante desde el principio, incluso antes de ganar la guerra de independencia. Es por eso que, desde su incepción, Estados Unidos buscó expandirse: Los territorios del Noroeste; la compra de Louisiana; las otras adquisiciones por tratado; las adquisiciones mediante las guerras contra México y contra las tribus nativas. [40]

Cuando concluyó la expansión continental, el capitalismo estadounidense –como el europeo– seguía preso de ciclos de depresión y desaceleración, estafas financieras y caídas de la bolsa. La adquisición en 1898 de Puerto Rico y otros «territorios de ultramar» es inteligible como una nueva etapa de la expansión capitalista estadounidense, impulsada por lo que Arendt llamó «necesidad económica». [41] El capitalismo exige expansión ilimitada, y la nación-estado demostró ser demasiado limitada, su población insuficiente, para tal monstruo. [42]

Las crisis cíclicas llevaron a los capitalistas y políticos a embarcarse en una expansión territorial y económica más allá de los límites geográficos de su nación-estado, el tipo de expansión que se conoce como «imperialismo». Exactamente la misma dinámica estaba teniendo lugar en Europa, y la respuesta también fue la misma: la dominación imperialista para hacer posible la expansión capitalista. Los europeos se expandieron hacia África y Asia. Rivera Ramos hace la pertinente salvedad de que la adquisición de colonias no es un requisito para esa expansión. Mas en el debate que se dio en Estados Unidos prevaleció el bando «imperialista», y adquirieron como colonias a Filipinas, Guam y Puerto Rico. [43]

La expansión ilimitada exige poder sin controles

La teoría indica que el ejercicio democrático de la política incluye un gobierno representativo, es decir, por un mediatizado consentimiento de los gobernados; y que el ejercicio del poder se entronque en la deliberación, la persuasión y la búsqueda del bien común. Por su lado, el capitalismo es implacable en su manía de expansión. En la Europa del siglo 19, los capitalistas –la «burguesía»– comenzaron a socavar ese modo de hacer política (o su posibilidad).

Hannah Arendt expuso cómo los capitalistas en Europa abandonaron su preferencia por dejar los asuntos de gobierno en manos de las viejas aristocracias. [44] Con el control de las agendas gubernamentales de Gran Bretaña, Francia, Alemania, Holanda, Bélgica, España, Italia, entre otros países, las burguesías se lanzaron a la etapa del imperialismo que comenzó con la repartición de África.

Mientras tanto, en la década de 1890, cuando ya se había «cerrado la frontera», los capitalistas estadounidenses estaban aturdidos por la depresión de 1893. Es así como, a finales del siglo 19, con desarrollos en ambos lados del Atlántico, comienza la etapa del capitalismo globalizado, bajo la cual aún vivimos. [45]

La Guerra Hispanoamericana es producto del interés, la necesidad, de los capitalistas y financieros de Estados Unidos de tener acceso a «nuevos mercados» y nuevas oportunidades de expansión. Los disloques que los europeos y estadounidenses causaron en África, Asia y América Latina, los abusos y matanzas, solamente competirían con las carnicerías de las dos guerras mundiales que devastaron Europa misma, ambas producto de esa competencia de los capitalistas por el control de recursos, mercados, materia prima y mano de obra barata y desechable.

Por lo tanto, ha sido y es esencial reflexionar sobre si la lógica del capitalismo, con su perenne impulso de expansión, es antitética a la democracia e incongruente con los límites geográficos y humanos de la nación-estado. Según Arendt, tal antítesis es inevitable. Arguyó dicha autora que la nación-estado no es apta para el imperialismo –para la expansión extra territorial y la subyugación de otras gentes– pues la misma está basada en «un consentimiento activo al gobierno de parte de una población homogénea». [46]

La adquisición y colonización de tierras y poblaciones extranjeras tendría que confiar en, o imponer, el consentimiento y obviar así la justicia; es decir, «degenerar en tiranía». [47] Después de todo, el consentimiento genuino «no puede extenderse indefinidamente, y rara vez, y con dificultad, se obtiene de los pueblos conquistados». [48]

En fin, los ricos y los aspirantes a serlo vieron los límites geográficos, económicos y políticos de la nación-estado como obstáculos a superar, a la vez que la usaron para facilitar su preciada expansión capitalista global. Hoy parece claro que el capitalismo resultó ser incompatible con la democracia. Estamos viviendo bajo una plutocracia totalitaria porque, como escribió Arendt, «sólo la acumulación ilimitada de poder podría generar la acumulación ilimitada de riqueza». [49]

Recapitulación: División y tiranía

En el siglo 17 emergió la percepción de que la esclavitud tenía beneficios que iban más allá de la disponibilidad de obra de mano barata y cautiva. Los acaparadores de riqueza de las trece colonias comenzaron a controlar sus estructuras de gobierno, y a usar la esclavitud no sólo para beneficio pecuniario, sino como contraste. Se dieron cuenta de que podían y debían redirigir la atención de los pobres y explotados de descendencia europea (incluso a los esclavos blancos o «sirvientes por contrato»), de manera que se fijaran más en los que estaban debajo de ellos en la jerarquía que en los que acaparaban la riqueza desde «arriba».

Fue así como el conjunto de ideas que afirman la inferioridad intrínseca de seres humanos de origen africano, fueran o no esclavos, sirvió para hacer sentir mejor a los explotados de origen europeo –para sentirse especiales y superiores en relación a los de origen africano. Ello se hizo mediante el énfasis de un conjunto de ideas que proponían que los esclavos eran intrínsecamente inferiores, mientras que los «blancos» eran superiores y mejor posicionados social y económicamente, incluso los que eran pobres.

Con el tiempo, esa táctica sicológica convirtió a los blancos pobres o de clase media en partes interesadas de la jerarquía «racial». Hoy, esa mentalidad está casi intacta entre estadounidenses de ascendencia europea. Las culturas son estables, incluso ante nuevas circunstancias. Desde el punto de vista de los acaparadores, el actual racismo incluso puede ser «malo para los negocios», al menos a largo plazo. Pero, por ahora, parece que les sirve bastante bien. Divide y vencerás.

Mientras tanto, no es casualidad que el actual encarcelamiento masivo de afroamericanos vino acompañado de una industria carcelaria –el encarcelamiento al servicio de ganancias corporativas. A su vez, el aumento de las fuerzas policiales en todos los niveles, ha desplegado toda su fealdad y brutalidad en la represión de manifestantes protestando las afrentas, injusticias y muertes cotidianas sufridas por los George Floyds de esta vida.

Todo indica que gran parte de los policías sienten que son partes interesadas en el mantenimiento del status quo, el cual parecen defender como si sus propias vidas dependieran de ello. El emergente, pronto completamente autoritario estado, cuenta y contará con ellos.

Las clases dominantes y sus aliados, entre ellos los medios de comunicación, han logrado crear y mantener la falsa conciencia de que los enemigos de los euroamericanos son seres humanos más explotados y desvalidos, sobre todo si se les tilda de «inmigrantes ilegales». Así, las élites se han beneficiado de desviar la atención de su perfidia. Ello les ha sido más que útil, pues el capitalismo neoliberal también ha sido pernicioso para la población «blanca». Entre las consecuencias nefastas que esa población también ha sufrido están la pérdida de empleos industriales, la evaporación de sus pensiones, la disminución de oportunidades educativas, la inexistencia de servicios de salud que puedan costear, la ausencia de agua y aire saludables, el aumento en suicidios y en adicciones (sobre todo a opioides) y un clima global que aumenta la frecuencia, intensidad, y voracidad de fuegos forestales, tornados y huracanes.

El capitalismo neoliberal decimó a la clase trabajadora, eliminó las uniones, desindustrializó, especuló con dinero y causó pérdidas de trillones en el Ponzi Scheme de las hipotecas subprime. Con ello y cosas peores, le falló también a white America.

En Estados Unidos, un país tecnológica y científicamente avanzado, también se ha dado durante las últimas cinco décadas un notable aumento en la estupidez, la superstición, el fundamentalismo religioso, el odio a otros seres humanos por razón de su origen nacional o color de piel, y el desdén hacia el conocimiento. Ese desdén también se dirige contra las supuestas «élites» (no capitalistas), las cuales supuestamente alardean de conocer, o son vistos como tecnócratas del deep state, responsables de todos los males que el gobierno causa o exacerba.

En Estados Unidos, el régimen actual está al servicio de una oligarquía capitalista, la cual se sirve de recursos públicos sin casi pagar impuestos, y acapara la riqueza que producen los esclavizados ciudadanos, venidos a menos como meros consumidores, sin atisbo alguno de autosuficiencia ni empoderamiento. Esa oligarquía ya logró una población mayormente obediente, dividida y desorientada. La cena parece estar servida para un cabal autoritarismo, siempre capaz de proporcionar narrativas tranquilizadoras y simplistas sobre la historia, el destino colectivo y la salvación nacional.

Desde el siglo 18, los acaparadores han visto la democracia como un obstáculo. Pronto, la mera idea de democracia, su puro anhelo, serán reprimidos. Esos que protestan en las calles, al igual que aquellos que son social y políticamente conscientes, no determinarán el rumbo. En Estados Unidos, el destino colectivo parece estar en manos de una pluralidad monolítica: los anti-intelectuales, los que desprecian el conocimiento y la ciencia, los fáciles de engañar, los que votan en contra de sus intereses en nombre de nociones falsas de raza y de jerarquía racial. Esa pluralidad votó en masa por Donald Trump en 2016 y 2020, aunque sin obtener mayorías en el voto popular. Los nihilistas republicanos ya están preparando el terreno para otro resultado.

La National Rifle Association compró a suficientes legisladores para lograr su objetivo de que sea fácil para cualquier mocoso comprar un arma con la cual matar decenas de personas en pocos minutos. Las masacres con armas militares son sólo un aspecto del culto al dinero y de la indiferencia a la vida humana. El capitalismo sin controles mata a diario de otras maneras: Contaminación de agua, suelo y aire; servicios de salud como negocio; drogas y alimentos dañinos; otros.

Los oligarcas, al igual que sus aliados y sirvientes, ya controlan las mentes y voluntades de ese rebaño. Mientras tanto, en reacción a la derrota de Donald Trump en la elección de 2020, más de 20 estados están cambiando las reglas de juego electorales, de manera que esa pluralidad instale permanentemente al Partido Republicano en todas las esferas gubernamentales. Es a ese país, en franca decadencia y descomposición, al que todavía muchos en Puerto Rico dicen querer mantenerse «en unión permanente»; es decir, como colonia, ya sea en su forma actual, o con el ropaje de la «estadidad federada».

[1] Kermit Hall & Peter Karsten, The Magic Mirror: Law in American History 28 (2nd ed. 2009) (traducción mía).

[2] Id.

[3] Según Arendt, esa diferencia fue decisiva en los divergentes rumbos de las dos revoluciones del siglo 18: la Revolución de las colonias británicas, y la Revolución Francesa. Hannah Arendt, On Revolution 23–24; 60–63; 66–70 (1963).

[4] Arendt, supra nota 3, pág. 71.

[5] Howard Zinn, A People’s History of the United States 49; 65 (2003). A partir de la década de 1730, Boston fue escenario de varios motines y otros incidentes violentos, en reacción a los abusos de la clase adinerada de la ciudad. Id., pág. 51.

[6] Zinn, págs. 39–42; 45–52. Ello se tornó en una ventaja: «Para la década de 1760, al comienzo de la crisis revolucionaria, la élite rica que controlaba las colonias británicas tenía 150 años de experiencia, había aprendido ciertas cosas sobre cómo gobernar. Tenían varios miedos, pero también habían desarrollado tácticas para lidiar con lo que temían». Id., pág 53.

[7] Zinn, págs. 48; 51. «New York en el periodo colonial era como un reino feudal». Id., pág. 48.

[8] Zinn, pág. 52.

[9] Waldstreicher, infra nota 11, págs. 25–28; 30–31; Smith, infra, nota 9, págs. 70–71 (los colonos se valieron de argumentos «liberales» –libertad para hacer negocios como entendieran– y «republicanos» –no taxation without representation– para persuadir a las autoridades británicas a que desataran el nudo de las restricciones e impuestos). Véase, e.g., Lochner v. New York, 198 U.S. 45 (1905).

[10] Como discutí en el Capítulo I, las ideas conforman y determinan las culturas humanas. Las ideas no son otra cosa que información, la cual se transmite de cerebro a cerebro a través de su manifestación en acciones, omisiones, verbalizaciones y actitudes, las cuales a su vez son adoptadas y manifestadas por otros seres humanos. Véase David Deutsch, The Beginning of Infinity: Explanations that Transform the World 369–397 (2011).

[11] Para profundizar sobre la historia del racismo, y su impacto en el desarrollo socio-político de Estados Unidos y de los pueblos y seres humanos bajo su dominio, véanse, e.g., Roberto Ariel Fernández, Racism, Culture, Law, and the Judicial Rhetoric Sanctioning Inequality and Colonial Rule, 53 Rev. Jur. U.I.P.R. 609 (2019); Ibram X. Kendi, Stamped from the Beginning: The Definitive History of Racist Ideas in America (2017); Robert J. Cottrol, The Long, Lingering Shadow: Slavery, Race, and Law in the American Hemisphere (2013); David Waldstreicher, Slavery’s Constitution: From Revolution to Ratification (2009); Mark S. Weiner, Americans Without Law: The Racial Boundaries of Citizenship (2006); The Louisiana Purchase and American Expansion (Sanford Levinson and Bartholomew H. Sparrow, eds. 2005); Foreign in a Domestic Sense, Puerto Rico, American Expansion and the Constitution (Christina Duffy Burnett & Burke Marshall, eds. 2001); Mary L. Dudziak, Cold War Civil Rights: Race and the Image of American Democracy (2000); Peter Irons, A People’s History of the Supreme Court (1999); Pedro A. Cabán, Constructing a colonial people: Puerto Rico and the United States. 1898–1932 (1999); Rogers M. Smith, Civic Ideals: Conflicting Visions of Citizenship in U.S. History (1997); Judith Shklar, American Citizenship: The Quest for Inclusion (1997); Ivan Hannaford, Race: The History of an Idea in the West (1996); Ronald Fernandez, The Disenchanted Island: Puerto Rico and the United States in the Twentieth Century (1992); Edmund S. Morgan, American Slavery, American Freedom (1975); Winthrop D. Jordan, White Over Black: American Attitudes Toward the Negro. 1550–1812 (1968).

[12] Cottrol, supra nota11, págs. 87–88; Morgan, supra nota 3, págs. 6–9; Smith, supra nota 3, págs. 48–49.

[13] Morgan, supra nota 11, págs. 15–16; Waldstreicher, supra nota 11, pág. 22.

[14] Kendi, supra nota 11, págs. 35–38.

[15] Smith, supra nota 11, pág. 71; Kendi, supra nota 11, pág. 16.

[16] Irons, supra nota 11, págs. 14–16; Zinn, supra nota 5, págs. 13–17; Smith, supra nota 11, págs. 59–63; Kendi, supra nota 11, págs. 18–19.

[17] Irons, supra nota 11, pág. 13.

[18] Waldstreicher, supra nota 11, págs. 17–18.

[19] Zinn, supra nota 5, págs. 42–46.

[20] Morgan, supra nota 11, págs. 327–337; 344–345; Smith, supra nota 11, págs. 66; 287–288; Zinn, supra nota 11, págs. 37–38; Cottrol, supra nota 11, pág. 88.

[21] Zinn, supra nota 11, págs. 47–48; 56. Hall & Karsten, supra nota 1, págs. 28–30.

[22] Zinn utiliza el término «sentimiento racial» (racial feeling) para referirse a la presencia de uno o más de los siguientes: Odio, desprecio, lástima, o condescendencia, esa «combinación de estatus inferior y pensamiento derogatorio que llamamos racismo». Zinn, supra nota 5, pág. 24 (traducción mía). Es un hecho histórico que «la noción de superioridad racial ha estado presente en la vida estadounidense desde tiempos coloniales». Efrén Rivera Ramos, The Legal Construction of Identity: The Judicial and Social Legacy of American Colonialism in Puerto Rico 37 (2001) (traducción mía).

[23] Véase, e.g., Jared Diamond, The Third Chimpanzee: The Evolution and Future of the Human Animal 64; 112–117 (1992).

[24] Richard Delgado & Jean Stefancic, Critical Race Theory: An Introduction 8–9 (2012). Véase también Saint Francis College v. Al-Khazraji, 481 U.S. 604, 610 n.4 (1987).

[25] Karl Popper, The Open Society and its Enemies 92 (1945) («Decir a los humanos que son iguales tiene cierto atractivo sentimental. Pero este atractivo es pequeño comparado con el que se consigue con una propaganda que les dice que son superiores a otros, y que esos otros son inferiores a ellos»).

[26] Waldstreicher, supra nota 11, págs. 25–26; 29–31. Smith, supra nota 11, pág. 44.

[27] Véase Jean Edward Smith, John Marshall: Definer of a Nation 38 (1996); Zinn, supra nota 5, pág. 87. La independencia significaría libertad total para subyugar a los nativos y arrebatarle sus tierras. Id., pág. 86.

[28] 98 Eng. Rep. 499 (1772). Charles Stewart, un empleado de aduana de Virginia, viajó a Londres con su esclavo James Somerset. Una vez en la capital inglesa, Somerset escapó, mas fue capturado. En reacción a la afrenta de escapar, Stewart lo vendió y, antes de Somerset ser transportado a Jamaica, abolicionistas ingleses presentaron un recurso de habeas corpus en su nombre. El planteamiento central era que la presencia de Somerset en Inglaterra lo había convertido en un hombre libre, pues el régimen de esclavitud no era reconocido allí. En el pasaje más célebre de la decision, Mansfield declaró: “The state of slavery is of such nature, that it is incapable of being introduced on any reasons, moral and political, but only by positive law, which preserves its force long after the reasons, occasion, and time itself from whence it was created, is erased from memory. It is so odious, that nothing can be suffered to support it, but positive law.” 98 Eng. Rep., pág. 510. Mansfield ordenó la liberación de Somerset. Véase Roberto Ariel Fernández, Race, Culture, Law, supra nota 11, págs. 643–645.

[29] Waldstreicher, supra nota 11, págs. 41–42; Smith, supra nota 11, pág. 64; 67.

[30] Mansfield fue consecuente con casi dos siglos de pronunciamientos judiciales que enfatizaban la lealtad de aquellos que vivían bajo la protección de un monarca, independientemente de consideraciones geográficas o particularidades culturales o de idioma. El principio es el mismo, aunque se sustituya «rey» por «parlamento». Véase Smith, supra nota 11, págs. 40–41.

[31] Rogers M. Smith describe ese aspecto político-pragmático: «La necesidad de los líderes revolucionarios de obtener apoyo para su peligrosa guerra indudablemente proveyó la causa inmediata para abogar por versiones comparativamente radicales de los derechos del hombre y del republicanismo». Smith, supra nota 11, págs. 87–88 (traducción mía). Véanse también págs. 70–71. Estos independentistas expusieron un «liberalismo racional sin reconocer las amenazas a su sentido de superioridad innata que éste representaba». Id., pág. 83. Otro autor destacó: “The Revolutionary leadership distrusted the mobs of poor. But they knew the Revolution had no appeal to slaves and Indians. They would have to woo the armed white population.” Zinn, supra nota 5, pág. 77.

[32] Como señala Peter Irons, los hombres «blancos» y «propietarios» que redactaron y firmaron la Declaración de Independencia no internalizaron que los derechos inalienables y la igualdad que reclamaban para ellos cobijaban a quienes «no eran como ellos». Cuando «otro grupo de hombres blancos propietarios se reunieron en Philadelphia en 1787 a redactar una constitución para los Estados Unidos, llevaron a esa tarea la misma ausencia de comprensión». Irons, supra nota 11, pág. 16 (traducción mía).

[33] Para una discusión de los eventos e ideas que produjeron el racismo, la ideología de «supremacía blanca» y el desarrollo de una identidad nacional alrededor de la idea de raza, véase Roberto Ariel Fernández, supra nota 11, págs. 609–611; 614–624; 627–636.

[34] Véase, e.g., Carl Van Doren, The Great Rehearsal: The story of making and ratifying the Constitution of the United States (1948).

[35] Véase, e.g., Hugh Evander Willis, Capitalism, the United States Constitution and the Supreme Court, 22 Ky. L.J. 343 (1934). No deja de ser significativo que Adam Smith publicó The Wealth of Nations en 1776, año de la Declaración de Independencia de esos capitalistas que ahora llaman los founding fathers.

[36] Esa fue una de las maneras en que la Constitución estadounidense reconoció que tener esclavos era para sus dueños «una fuente de poder y de riqueza». Waldstreicher, supra nota 11, pág. 5.

[37] Esa cláusula constitucional, incluida en el Artículo IV, tiene antecedentes en acuerdos que había entre las colonias para extraditar a los esclavos fugitivos. Zinn, supra nota 5, pág. 46.

[38] La cláusula de Full Faith and Credit, incluida también en el Artículo IV, era necesaria para los esclavistas, pues obligaba a los estados, aunque hubiesen abolido la esclavitud, a reconocer su legalidad en los estados que no la habían abolido. Waldstreicher, supra nota 11, pág. 8.

[39] Waldstreicher, supra nota 11, pág. 17.

[40] Rivera Ramos, supra nota 22, págs. 27–28. «Estados Unidos de América nació y se constituyó a través de la expansión». Id., pág. 27. El interés en la región del Caribe se remonta a tiempos coloniales. Cinco de los primeros seis presidentes estadounidenses (la excepción fue Washington) ponderaron la deseabilidad de adquirir a Cuba. Id., pág. 28; 1 José Trías Monge, Historia Constitucional de Puerto Rico 135–137 (1980). Véase también César J. Ayala & Rafael Bernabe, Puerto Rico in the American Century: A History Since 1898 26 (2007); Cabán, supra nota 11, págs. 17–18.

[41] Hannah Arendt, The Origins of Totalitarianism 126 (1951).

[42] Sobre el particular, Pedro Cabán llama la atención a «los disloques económicos y los desórdenes políticos» que tuvieron lugar en Estados Unidos durante las últimas décadas del siglo 19. Cabán, supra nota 11, pág. 15 (traducción mía). Véase también Rivera Ramos, supra nota 22, pág. 30.

[43] Rivera Ramos, pág. 30. Hawaii fue arrebatado a sus pobladores originales, y su anexión se consumó también en 1898.

[44] Arendt, supra nota 41, págs. 123–134.

[45] Entre 1870 y 1900, Gran Bretaña, Francia, y Alemania adquirieron millones de millas cuadradas cada uno en territorios de ultramar: 4.7 millones, 3.5 millones y 1 millón respectivamente. Ayala & Bernabe, supra nota 40, págs. 28–29.

[46] Arendt, supra nota 41, pág. 125. «Aunque los retos a su predominio abundan, ninguna forma de comunidad política es hoy más ampliamente favorecida que la nación-estado, concebida como un sistema político centralizado de relativamente gran escala que gobierna a una población cuyos miembros mayormente creen que conforman un pueblo distintivo, debido a lenguaje, etnia, religión, cultura, ideología, propaganda o algún otro factor». Smith, supra nota 11, pág. 42 (traducción mía).

[47] Arendt, pág. 125.

[48] Arendt, pág. 126.

[49] Arendt, pág. 137.

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Writer, amateur saxophonist, lawyer. My book “El constitucionalismo y la encerrona colonial de Puerto Rico” is available at the libraries of Princeton and Yale.

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