Espejos distorsionados y reformas fallidas

Roberto A. Fernández
34 min readAug 31, 2023

(Este es el borrador del Capítulo VI de lo que será mi segundo libro, tentativamente titulado Subordinación o Libertad: La disyuntiva de Puerto Rico).

Arcadio Díaz Quiñones.

Afirma Mercedes López-Baralt que la ruptura, o «trauma», de 1898 «provocó una escisión de lealtades que aún sufrimos en Puerto Rico».[1] Esa división habría dado paso a lo que ella llama «la nación conflictiva».[2] En su crónica sobre la invasión estadounidense a Fajardo, el bisabuelo de López-Baralt lamentó una escisión más inmediata, la que advino en el seno de su familia, también producto de las dispares reacciones a la presencia del nuevo hegemón.

«También presencié», escribió el Dr. Esteban López Giménez, «el entusiasmo de algunos (que lo mismo hubieran vitoreado a los Zulús) hijos de Fajardo, que daban vivas a los yankees, a los americanos del continente, sin conocerlos y sin saber si nos tratarían mejor o peor que los que nos dejaban.» [3] Todavía sentimos esa aprehensión, preguntándonos si quienes nos gobiernan nos tratarán bien. Esa es la definición de ausencia de libertad: Limitarnos a la esperanza de que quienes mandan serán benignos. Pero, ese es el destino de los esclavos, no de seres humanos con algún grado de libertad.

Otro médico de Fajardo, Santiago Veve Calzada, encarnó esa actitud que López Giménez lamenta: Veve llegó al extremo de abordar un bote para dirigirse al buque de guerra estadounidense que estaba cerca de la costa. El propósito de su travesía fue instar a la tripulación del buque a que invadieran Fajardo y tomaran control del pueblo, lo cual hicieron antes de ser expulsados por fuerzas leales a España. [4] Veve pasó a militar en el Partido Republicano de Barbosa, y fue electo en 1900 a la primera Cámara de Delegados, creación de la Ley Foraker de ese año.

Es significativo –como le pareció al doctor López Giménez– que muchos ubicaran sus esperanzas de progreso y de una mejor vida en una nación que no conocían, y cuyas verdaderas intenciones de dominación y explotación capitalista ignoraban –y han seguido ignorando o minimizando por más de un siglo ya. Las razones para ello son muchas y difíciles de identificar. Habría que comenzar por identificar algunos factores relacionados con el devenir del entonces por concluir siglo 19: una porción considerable de los puertorriqueños de entonces veía a España como sinónimo de opresión; y veían como opresores a otros habitantes del archipiélago, especialmente a la clase hacendada, y a comerciantes y prestamistas. [5]

La nación en formación ante el nuevo imperio

Los médicos López Giménez y Veve Calzada representan dos de las reacciones a la presencia estadounidense en Puerto Rico. La actitud del doctor López Giménez, minoritaria hasta hoy, es de cautela y de aprehensión ante la presencia e intenciones del poder imperial. La misma ha sido validada por más de un siglo de colonialismo y explotación a manos de los estadounidenses. La actitud de Veve Calzada está todavía presente, no solo en los «estadistas» sino en los «estadolibristas» que insisten en la «unión permanente» y en las «dos ciudadanías». ¿Qué significa esa divergencia de actitudes que se da al momento mismo de la invasión? ¿Cuál es su origen?

De pisos y divisiones

José Luis González planteó que, al finalizar el siglo 19, la nación puertorriqueña aún no había completado su formación; y que ello se debió a las escisiones presentes en la sociedad decimonónica que pasa de la dominación española a la estadounidense. [6] Gonzáles enfatiza que en los siglos 16, 17, y 18 se gestó una sociedad afroantillana, con elementos españoles, escasos elementos indígenas, y una sustancial contribución de la población africana, tanto esclava como de libertos. Ese es el «primer piso», afroantillano, de nuestra formación. [7]

En el siglo 19, hubo dos olas migratorias, las cuales añadieron lo que González llama un «segundo piso» a esa sociedad de estirpe afroantillana. [8] Esas inmigraciones producen una «cultura dominante», en contraste con la cultura popular que ya existía, la cual se había gestado durante las tres centurias anteriores. Es decir, González enfatizó que, como manifestación de una sociedad dividida en clases, coexistían en el siglo 19 dos culturas, la de los «opresores» y la de los «oprimidos». [9]

En esa relación de dominación, la cultura de los primeros se presenta a su vez como la «cultura general» o «nacional».[10] La opresión no sólo era sobre los esclavos de las costas, sino contra los jíbaros de la altura, quienes fueron convertidos en arrimados y peones –en cuasi esclavos– por los nuevos hacendados cafetaleros, mayormente corsos, mallorquines y catalanes que emigraron a la isla bajo los auspicios de la Real Cédula de Gracias de 1845.

La cultura dominante desarrolló dos vertientes: la de los hacendados de la montaña, y la de dueños de plantaciones y profesionales de la costa. [11] Muchos de esos dueños de plantaciones costeras y azucareras eran miembros de la primera ola migratoria que comenzó a partir de las reformas de 1815 y de los refugiados de las guerras de independencia de América del Sur –notablemente, de Venezuela migrantes franceses, provenientes de Haití, huyendo del nuevo régimen instaurado a partir de la revolución haitiana.

González enfatiza que los de la segunda ola migratoria –corsos, mallorquines y catalanes que se establecieron en la altura para cultivar mayormente café– eran conservadores, incluso reaccionarios. Por lo tanto, eran incondicionales de España. Y es que, en ese mundo de las haciendas cafetaleras del interior montañoso, el régimen español les facilitó a esos inmigrantes recientes su ascensión de la pobreza en Europa a una relativa prosperidad tropical, a base de arrebatarle la tierra a los «antiguos estancieros criollos», [12] y explotarlos como mano de obra barata, notablemente con el infame sistema de la libreta. [13] Los propietarios y profesionales de la costa eran mayormente liberales y progresistas, pero minoritariamente separatistas.

Si no la crea, esa circunstancia –el desarrollo de una clase propietaria tanto en la costa como en la altura– exacerba lo que González llama la división de clases que se manifiesta en el siglo 19. A su vez, esa clase propietaria y profesional tendrá acceso a los medios –prensa, producción de literatura, control de los partidos políticos– que les permitirán definir y asignar cuál era la «cultura nacional» de Puerto Rico. Mas su relativa debilidad y limitado desarrollo como clase propietaria emergente no les permitió querer la independencia, hecho que incluso Betances reconoció. [14]

La invasión de Estados Unidos en 1898 resultó en «un tercer piso, sobre el segundo todavía mal amueblado».[15] A su vez, produjo un entusiasmo en la clase propietaria, la cual vio en el llamado cambio de soberanía la oportunidad de participar «en el opíparo banquete de la expansiva economía capitalista» de Estados Unidos. [16] Ello no ocurrió así, pues el banquete sería casi exclusivamente para los capitalistas estadounidenses, mientras que cualquier participación de los propietarios, empresarios y profesionales puertorriqueños sería limitada y subordinada a los de los primeros. Lo mismo sería cierto con respecto al poder político, que ejercerían principalmente el Congreso y el Presidente de Estados Unidos, y en segundo pero importante plano los gobernadores del norte, nombrados por el Presidente con el consentimiento del Senado estadounidense.

Peor que eso, los hacendados cafetaleros vinieron a menos como clase, dado que la prioridad de los capitalistas estadounidenses era la industria azucarera. El apogeo del café pronto fue algo del pasado; pero fue un pasado caracterizado por la mencionada explotación. González enfatiza en que, tanto la desaparición de las haciendas cafetaleras y la subordinación económica y política de la élite criolla al capital y gobierno estadounidense, como el recuerdo en las masas trabajadores de la esclavitud de la población afroantillana en la costa y el de la cuasi esclavitud de los antiguos estancieros jíbaros de la altura, determinarán el devenir político bajo el nuevo régimen imperial. Esas masas trabajadoras verán en Estados Unidos el fin de los abusos de la clase propietaria del país, y una nueva era de liberación de antiguas opresiones y represiones y de participación democrática –de tipo exclusivamente electoral– que no vivieron bajo España. [17]

[Considerar un paréntesis de uno o dos párrafos, para observar que la explotación no cesó, sino que tomó nuevas formas con el monocultivo azucarero].

González invita a reflexionar sobre el peso que tienen antiguos resentimientos, y a preguntarnos si quienes han preferido la tutela de Estados Unidos e incluso aspirado a la total anexión mediante la estadidad no lo han hecho ni lo hacen por ser «proamericanos», sino por aborrecer la idea de que otros puertorriqueños sean quienes dominen. Si se acepta esa óptica, causa perplejidad que en el siglo 19 la emergente clase propietaria no luchó por separarse de España, dado lo que González llama su relativa debilidad y escaso desarrollo; mientras que, en los siglos 20 y 21, las masas trabajadoras –cuyos ancestros familiares o históricos fueron oprimidos en los ingenios azucareros trabajados por esclavos y en las haciendas cafetaleras trabajadas por jornaleros– no quieren separarse de Estados Unidos como una continuación o entronización del ajuste de cuentas de que habla también González. Ese ajuste se traduce en negarles a los dirigentes locales el poder total que sigue en manos del capitalismo y el gobierno estadounidense. A eso se suma su percepción de que, por mal que están las cosas, sus necesidades materiales tienen mayor probabilidad de satisfacerse bajo la bandera americana.

Cinco décadas antes de que González escribiera esas reflexiones, Pedreira afirmó la existencia de la nación puertorriqueña, la cual ve surgir en el siglo 19 con su arte, literatura, periodismo, y luchas políticas. En esa nación, Pedreira atisbaba carencias culturales, enfoques errados, malas ideas y peores prácticas. La existencia de esas carencias animó su espíritu de reforma. Los cambios necesarios, planteó, se llevarían a cabo desde y por la élite intelectual de la cual era parte. [18]

La nación inmadura

Ante la nación como problema a resolver, Pedreira le asigna a la élite intelectual del país la tarea de dirigir el proceso de maduración, de regeneración cultural. [19] De paso, Pedreira presumió que ello ocurriría a la vez que continuara el régimen colonial (al menos, hasta que la nación madurara y tuviese la opción real y realista de ejercer por fin su soberanía política. Pero dicho autor no lo especificó de esa manera).

Pedreira, y el llamado autonomismo del partido fundado por Muñoz en 1938, han sido identificados por Rodríguez Vázquez con «el nacionalismo moderado», el cual comienza a «tomar forma… durante las últimas décadas del siglo 19 en lo que se conoció como la tradición reformista-autonomista».[20] Para dicho autor, una diferencia importante entre los autonomistas bajo España, por un lado, y bajo Estados Unidos al comenzar el siglo 20, radica en el énfasis en lo nacional. En el siglo 19, la idea de nación era apenas incipiente en el discurso reformista-autonomista, «y sus reclamos políticos se limitaron más a postular la necesidad de reformas administrativas que a postular la idea de que Puerto Rico era una nación con una personalidad distinta a la de la madre patria, España».[21]

En Pedreira, elabora Rodríguez Vázquez, el nacionalismo moderado acepta, y a la vez rechaza, tanto a la «mirada imperial» como a la nacionalidad. Se trata, por lo tanto, de un «discurso paradójico» que lleva «a reconocer la nacionalidad como un lugar problemático, incompleto, y, por lo tanto, necesitado de reorganización». [22] Es paradójico, pues se afirma la existencia de la nación, a la vez que se enfatiza la existencia de deficiencias culturales que han impedido la emergencia cabal de la nación, de una sólida personalidad colectiva. En esa visión, la nación es aún una «comunidad inestable que debe ser transformada y modernizada». [23] Tal discurso, me parece, no podía más que darle mayor credibilidad y reforzar la afirmación del imperio estadounidense de que no estamos listos para gobernarnos.

Así que el discurso de Pedreira «estaba dispuesto a reconocer los aciertos de los relatos colonialistas cuando señalaban que la sociedad puertorriqueña poseía problemas materiales y espirituales». [24] Pedreira enfrentó el «optimismo» de quienes veían a la nación boricua como ya formada; y también se opuso a quienes sólo daban loas al tutelaje imperial de la república ilustrada estadounidense, supuestamente superior al despotismo español. [25]

Por lo tanto, Pedreira confrontó dos vertientes. La primera –según la cual la nación está madura para mandarse– la encarnó Albizu, y nunca la hemos hecho nuestra. La de quienes no articulan objeciones a la hegemonía estadounidense –y sólo saben elogiar a la gran democracia estadounidense– ha contribuido a la longevidad de dicha dominación, sin acercar ni un ápice su sueño de la «estadidad». La de Pedreira fue la visión que se acerca a la que adoptó, o pretendió adoptar, el Partido Popular Democrático (fundado en 1938; en adelante «PPD») como parte de su proyecto político, llena de contradicciones y tensiones como siempre ha sido. O, como lo articula López-Baralt, el enfoque de Pedreira fue adoptado por el «proyecto populista encabezado por Muñoz Marín en la década de los cuarenta». [26] Pedreira fue políticamente ambiguo, «y su crítica del orden colonial no conllevaba una propuesta para la formación de un estado-nación».[27]

Por su parte, Bernabe conecta a Pedreira y al proyecto del PPD a partir del esfuerzo de Pedreira de distinguir entre cultura y civilización, y de destacar las gestas del autonomismo decimonónico, en detrimento del separatismo. En esa categorización, la «civilización», cuyos efectos en el alma y en lo estético Pedreira lamenta, no es otra cosa que el capitalismo, con su avasallador totalitarismo –su dominio total, en la medida en que toca y afecta todo aspecto de la vida humana, tanto en lo individual como en lo social y político. [28]

Bernabe afirma que, ante el choque entre cultura y civilización, «Pedreira adopta una posición reformista».[29] Pedreira le da un doble significado a la cultura: como esfera de valores opuesta a la civilización –es decir, opuesta al capitalismo en cuanto consumismo, la producción en masa en detrimento de la artesanal, la vulgaridad y banalidad del entretenimiento y los medios de comunicación, hacer una mercancía de todo y de todos–; y como un alma nacional. [30]

Según Díaz Quiñones, el Insularismo de Pedreira «encontró respetabilidad y credibilidad en el campo intelectual y abrió el camino para leer de otro modo el pasado y el presente. Ese fue el proyecto que triunfó, bajo el liderazgo de Muñoz Marín, en 1940, y gozó de clara hegemonía hasta 1968». [31] Bernabe también conecta a Pedreira con el proyecto muñocista que ya se cuajaba a la vez que Pedreira escribía; proyecto, añado yo, que pretendía cuadrar el círculo al depender del capitalismo estadounidense para reformar la colonia. Escribió Bernabe: «La lógica de Pedreira –reconciliación de cultura y civilización, recuperación de lo puertorriqueño, renovación del autonomismo, instauración desde arriba de reformas graduales que enfrentaran el monocultivo y el latifundio, que dieran al jíbaro las comodidades básicas de la vida moderna– era evidentemente afín a otro experimento de reconciliación, que en ese momento empezaba a cobrar su forma puertorriqueña, en documentos como el Plan Muñoz Marín y el Plan Chardón».[32]

Algunas objeciones a González y Pedreira

Según González, la nación surge como ente formado y maduro sólo cuando elimina o minimiza los conflictos humanos que la aquejan, los cuales no le permiten aflorar como nación, como ente sólido y con una voluntad y forma de ver el mundo que sea definida y definitiva. Bajo ese prisma, sin embargo, sería difícil identificar alguna nación en el planeta que haya alcanzado tal madurez, tal definición.

Si algo caracteriza a los grupos humanos complejos, a las llamadas sociedades humanas, es el conflicto y las tensiones, inevitable efecto de la pluralidad humana y de los diversos posicionamientos en relación a la riqueza, el prestigio y el poder. La constitución de un estado-nación no elimina, como por arte de magia, las divisiones ni las «clases». España se unificó bajo una sola corona a finales del siglo 15; Estados Unidos bajo su Constitución a finales del siglo 18. La fuente de los conflictos y divisiones en esos dos países existía desde antes de constituirse como estados-naciones; las divisiones de clases continuaron en ambos casos; y en cualquiera otras que se traigan a colación.

Popper, por ejemplo, notó que las divisiones de clase emergen cuando una sociedad tribal y cerrada comienza a dar paso a una sociedad compleja y abierta, proceso que se dio en la antigua Grecia, particularmente en la liga ateniense. Allí, el aumento de la población, el incremento en la actividad comercial, y nuevas ideas sobre cómo gobernar sociedades en las que la mayoría de los pobladores no se conocen entre sí, dan paso a la crisis y el desmembramiento de las sociedades tribales jerárquicas, hasta entonces dominadas por una oligarquía terrateniente. [33]

Así que es difícil ver cómo la creación de un estado eliminaría o minimizaría por sí los conflictos internos, ya sean de clase o de otro tipo, de una sociedad. Por supuesto, tanto la Constitución como el ente político que crea o consolida, es decir, el estado, deben ser instrumentos al servicio de la nación –del pueblo, en cuanto es el ente que establece el poder político para crear, implantar, y reformar la política pública en la búsqueda constante del bien común.

Pedreira no se enfrentó a que una sociedad plagada de supuestas deficiencias y males no significa, por necesidad, una cultura o nación en proceso de formación. Él, y quienes coincidían en su enfoque, no se preguntaron si observar características en una cultura sugiere o indica que la misma ya está formada, gusten o disgusten algunos de sus rasgos. Usar el criterio de la existencia o no de un estado-nación para preguntarse si hay una nación puertorriqueña y, si la hay, evaluar su grado de «desarrollo» y «madurez», es problemático en más de un sentido. Habría que indagar, entre otros asuntos, si la adopción de la mirada imperial que se atisba en esa forma de evaluarnos lleva a callejones sin salida.

Pedreira se valió de metáforas médicas para diagnosticar los males boricuas, y para recetar los remedios. Mas, cuando decimos que una sociedad está «enferma», o que es «incompleta», «inmadura» o «indefinida», expresamos insatisfacción con esa cultura. Quizás lo que procede es descifrar cómo potenciar sus fortalezas y neutralizar en lo posible sus carencias, en lugar de pretender «curar» sus debilidades y patologías. También hay que ponderar cuántos de los males son consecuencia inevitable de la subordinación colonial. [34]

Si Puerto Rico no es una nación, se desvanece cualquier denuncia del colonialismo. Si es una nación, pero se enfatiza que es inmadura, incompleta, deficiente, sin rumbo, se refuerza la mirada imperial estadounidense, que siempre ha insistido en que Puerto Rico no tiene la madurez para gobernarse a sí mismo, ni está apto para cogobernar –aunque sea desde una posición minoritaria y avasallada– a la nación estadounidense. También refleja, y refuerza, el pesimismo prevaleciente en nuestra cultura, esa mezcla de auto desprecio y de percibir que somos inadecuados, insuficientes, incapaces de valernos por nosotros mismos, que tanto se ha consolidado durante la hegemonía imperial y capitalista de Estados Unidos.

Su insatisfacción llevó a Pedreira a pensar la nación para reformarla, e invitar a la élite de la que se sentía parte a un «manos a la obra» juicioso y tenaz. [35] Pero no se enfrentó al argumento de que las culturas humanas no se transforman así. La posición elitista obliga a escudriñar si el paso del tiempo ha demostrado que Pedreira erró al propugnar su particular especie de ingeniería sociocultural, cuyo timón deben controlar los intelectuales, o los políticos en cuanto supuestos miembros de una élite ilustrada — mientras se deja intacto el dominio imperial de Estados Unidos. Sobre todo porque tal dominio ha tenido y tiene una influencia avasalladora sobre la siquis de los puertorriqueños. El entramado imperial, que incluye lo económico, institucional, militar, y propagandístico, no ha permitido un desarrollo saludable del pueblo de Puerto Rico.

Como veremos más adelante en el presente capítulo, la transformación que implantó «desde arriba» el Partido Popular Democrático estaba destinada a producir desbalances, destrucción y desolación, mientras exacerbaba la encerrona colonial. Cabe también examinar si el enfoque de Pedreira muestra su debilidad ante lo que ocurrió a partir de la década de 1940, en la medida en que conllevaba la continuación del régimen colonial y la consabida subordinación al régimen capitalista estadounidense, sólo deseoso de sí mismo.

El hecho es que la «transición» del E.L.A., dirigida por una élite «ilustrada» criolla, no produjo el bienestar material ni la madurez cultural que Pedreira y otros esperaban, y que algunos consideraban necesaria para aspirar luego a la soberanía. Se fracasó al no desarrollarse un proyecto que tuviera una oportunidad de producir un país dinámico y culturalmente gallardo, que a su vez diera paso a una prosperidad holística, que transcienda lo meramente material y consumista.

Nadie parece decir hoy que nos falta «madurar», a pesar de que, en muchos aspectos importantes, hemos cambiado muy poco como cultura desde que Pedreira comenzó a escribir sobre estos asuntos. Creo útil y más realista concebir que, para 1898 y 1930, la nación puertorriqueña, en cuanto cultura, estaba «definida», era «madura». De ser así, cabría concluir que los rasgos que nos definían entonces –muchos de los cuales Pedreira identifica en su obra y que se mantienen hoy– eran los de una nación formada, como lo sigue siendo hoy. Otra cosa es que sea una nación, una cultura, que nos decepciona o insatisface. ¿Qué cultura no está libre de reproches y desatinos?

En contraposición a Pedreira está también el argumento de que nunca hay un mejor momento en el futuro para cercenar la relación colonial. Al contrario, mientras más pronto, mejor. Eso no significa que la soberanía es un curalotodo ni una utopía. Nada lo es. Pero en la colonia las deficiencias culturales también están presentes, y se suman a los males que acarrea que un poder metropolitano gobierne a su antojo y conveniencia, al servicio de la avaricia y la explotación.

La soberanía política conlleva responsabilidad, trabajo arduo, y enfrentar nuestros demonios. La vida no ofrece garantía alguna de una vida buena; no hay paraíso en la tierra. Pero, mantenernos bajo la bota de Estados Unidos y de su capitalismo depredador es garantía de fracaso y de aniquilación. La muerte lenta que comenzó en 1898 ya alcanzó considerable velocidad.

Pedreira también nos obliga a ponderar, desde la perspectiva de más de 90 años después de que comenzó a publicar ensayos sobre estos temas, si el progreso moral es posible desde el estancamiento. Es decir, habría que preguntarnos si tal progreso requiere acción, reformas profundas, cambios radicales, luchas incesantes; y si lo contrario, el conformismo, la inacción, el estancamiento, es por definición fuente de atraso y de torpeza moral.

Pero, luego de casi un siglo desde que los miembros de la llamada Generación del Treinta comenzaron a expresar sus inquietudes y a prescribir sus remedios, cabe preguntarnos si el problema central de la cultura puertorriqueña es su tendencia –poderosa, avasalladora– hacia la parálisis. Habría que articular buenas explicaciones para la longevidad del régimen colonial –que sean falsificables y rígidas, de manera que cualifiquen como «buenas» explicaciones– lo cual en Puerto Rico también significa la longevidad de ideas, actitudes y prácticas que sugieren la existencia de una sociedad eminentemente estática. [36]

El apogeo y fracaso del proyecto muñocista

Ya para la década de 1920, los «diversos sectores políticos coincidían en considerar al país uno ‘asociado permanentemente a los Estados Unidos por los vínculos indisolubles de la ciudadanía’ y visualizaban el imperialismo norteamericano como una empresa moralizadora que haría posible el progreso y la civilización».[37] Las críticas al régimen y la constante solicitud de reformas, incluso la del gobernador electivo, «se combinaban paradójicamente con un panegírico de la dominación norteamericana y una concepción de lo puertorriqueño como zona de encuentro de dos razas y de dos civilizaciones». [38]

Es en ese contexto que, en la década de 1920, un joven Luis Muñoz Marín irrumpió en la escena periodística y política del país, escribiendo para La Democracia y para distintas publicaciones estadounidenses. Su bilingüismo le permitía dirigirse a interlocutores de dos culturas, la del imperio y la del país subordinado. Muñoz estaba convencido de que era posible entablar un diálogo fructífero con el «otro imperial», especialmente con su sector «progresista». [39]

A la vez, Muñoz fustigaba al sector unionista, con el cual se identificaba, y al que pretendía reformar. Según su criterio, la laguna principal del unionismo en tanto nacionalismo moderado era la ausencia de las masas populares. [40] Los socialistas de Iglesias Pantín tenían razón en querer mejorar las condiciones de miseria de las masas trabajadoras. [41] Por lo tanto, el nacionalismo moderado representado entonces por el Partido Unión tendría que «ofrecer en su interior respuestas a las apremiantes necesidades de las masas populares», para así poder «elevarse a clase nacional y articular un bloque de poder». [42]

Como discutí, en la década de 1930 Pedreira concibió el progreso material y cultural como el motor que impulsaría a los puertorriqueños a destapar su potencial, y así superar los males que identificó y lamentó. Mas no especificó cómo la élite ilustrada de su tiempo llevaría a cabo la transformación cultural del país, o cómo sería catalizadora de un proceso de «maduración» y de «progreso» cultural y social que sacara a los puertorriqueños del marasmo, la miseria y la futilidad.

El PPD adoptó los lineamientos generales de ese proyecto a través de su acción política. Muñoz, Moscoso y el resto de los protagonistas de la «operación manos a la obra» apostaron a que el capitalismo industrial estadounidense sería la clave para el progreso material, el cual a su vez generaría una civilización en la cual mereciera la pena vivir, luchar y morir. Tal proyecto, sin embargo, no podía tener éxito. Los indicios de que la industrialización por invitación no podía producir desarrollo económico ni salud social se dieron temprano. [43]

Muñoz Marín, al igual que su padre, partía de la debilidad, la cual creía compensar con esperanzas de que al sector más liberal de la nación estadounidense se le podía persuadir para que trabajara junto con las élites puertorriqueñas en la consecución del desarrollo material, espiritual y político de la colonia. [44] Pero el capitalismo estadounidense siempre fue incontrolable, por lo que no podía ser el motor de una mejor vida colectiva. Resultó ser todo lo contrario.

Lo que hicieron Muñoz y su Partido Popular Democrático marcó el rumbo de Puerto Rico luego de la Segunda Guerra Mundial. Vivimos aún bajo los efectos de esas acciones y omisiones. El tiempo ha demostrado que la visión política y económica de Muñoz era incapaz de transformar la naturaleza de ignominia política y subdesarrollo económico que significaba y significa la dominación y explotación estadounidenses. [45]

Los 20 años de la utopía industrial y su epílogo

A finales de la década de 1950, Arcadio Díaz Quiñones comienza sus estudios universitarios en el Recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico. Su retrato de esos años de apogeo de la «utopía industrial» recoge el optimismo de esa era; al igual que las contradicciones, la arrogancia, incluso la temeridad, de aquel proyecto estadounidense-muñocista de la posguerra. «Creía [yo] entonces», testimonia Díaz Quiñones, «que vivíamos en una especie de ‘edad de oro’, un modelo nuevo de sociedad fundado en el crecimiento económico, la continua elevación del nivel de vida, el ‘progreso’ y el despegue tecnológico». [46]

Las «nada desdeñables» [47] transformaciones materiales de esos años le aseguraron al Partido Popular Democrático un monopolio electoral de más de dos décadas. [48] Pero los indicios, las causas, del eventual fracaso de tal proyecto son discernibles en el rescate que hace Díaz Quiñones de otra «memoria rota», precisamente la de los años de apogeo del PPD, con más sombras que luces. [49]

En un certero y elocuente análisis crítico de tal proyecto, Díaz Quiñones rescata la memoria de la euforia y la del subsiguiente desencanto. El afán por traer al país a la modernidad capitalista (de la cual había quedado relativamente rezagado) llevó a desbalances, abusos, represiones, ocultamientos, eufemismos, al ensalzamiento acrítico de la violencia militar y empresarial; a la vez que la identificación de democracia con producción industrial se «propugnaba como un imperativo moral».[50]

Díaz Quiñones observa que la obsesión por que finalmente arribara, en toda su plenitud, la modernidad a la colonia llevó a un énfasis desmedido y miope en las estadísticas –en lo cuantitativo– las cuales supuestamente comprobaban y legitimaban el proyecto populista-industrial. Sabemos que también produjo el casi abandono de la agricultura (en beneficio de los agricultores e industria de alimentos estadounidenses y de la marina mercante estadounidense, compuesta de empresas privadas; el descuido de lo ecológico y de la intelectualidad, entendida esta última como la constante vigilancia que el pensamiento crítico y el escepticismo posibilitan). También llevó a la implantación de políticas que no se basaban en un consenso amplio ni en el reconocimiento de la falibilidad de todo intento de reformas o de ingeniería social. [51]

Nos recuerda también Díaz Quiñones que, como todavía ocurre, en esos años las medidas urbanísticas beneficiaron a los especuladores de bienes raíces; a la vez que se destruían comunidades enteras para reubicar a sus pobladores en los llamados caseríos y en las nuevas urbanizaciones (suburbios residenciales desconectados de las ciudades, a ser accedidos casi exclusivamente a través del automóvil). Así que otro error, que aún sufrimos, fue que se desvinculó la vida social de la vida productiva, lo que incluyó construir ciudades desparramadas, negar la posibilidad de un sistema de transportación masiva, e imponernos una versión de la tiranía del automóvil particularmente dañina y deshumanizante. [52]

En esos años de apogeo del muñocismo, el énfasis educativo era –es todavía– en lo utilitario, a la vez que se enseñaba una historia raquítica, incompleta, inocua y enajenante. El discurso oficial suprimía incluso lo que estaba a la vista, desde la militarización de la Isla hasta la emigración de más de medio millón de puertorriqueños. [53]

El proyecto del PPD vino acompañado de paternalismo, intolerancia a la disensión, y entreguismo a los intereses capitalistas y militares del poder dominante, en un discurso basado en borrar la memoria, en establecer el 1940 como el inicio de la única era que merece la pena tomar en cuenta, la del proyecto modernizador. [54] Era el ensalzamiento oficial de su propio proyecto, reflejado en los libros de texto, en los énfasis y los silencios, en las palabras y la voz del «hombre fuerte», Muñoz Marín, [55] en la condescendencia del Rector Jaime Benítez, a quien Díaz Quiñones recuerda, «muy ufano» presidiendo los desfiles del ROTC. [56] Mientras, la participación y muerte de soldados puertorriqueños en las guerras estadounidenses se justificaba con la máxima de que «luchaban por la democracia».[57]

Los pocos años de la «utopía» no tardaron en darle paso a la crisis crónica del modelo socioeconómico y político del muñocismo. [58] Mientras tanto, hoy seguimos siendo un pueblo dominado, de manera multidimensional. Nos dominan Estados Unidos y su insaciable capitalismo; los medios de comunicación masiva, con su publicidad y mercadeo, su televisión bobolona y adormecedora; y una clase partidista inútil y corrupta que sigue monopolizando el menguado espacio de poder en la colonia.

Hemos facilitado esa dominación a base de divisiones, desidia, e ignorancia. Así no se puede construir un país. Quizás esos son los rasgos más perniciosos de nuestra cultura. Le hemos dado la espalda a la realidad; hemos adoptado la inercia, el estancamiento, y estar a merced de fuerzas externas que dictan el rumbo por nosotros.

¿Qué es el E.L.A.?

La actual «relación» política entre Estados Unidos y Puerto Rico se resume a menudo en la frase «el Estado Libre Asociado». En esta sección proveo mi respuesta a qué es el Estado Libre Asociado. Como trasfondo, comienzo con un resumen de datos y nociones, algunos de los cuales cubrí en los capítulos anteriores.

Los cimientos del estatus de Estado Libre Asociado: 1898–1950

La evidencia histórica demuestra que los actores políticos estadounidenses del siglo 19 ambicionaban quedarse con Puerto Rico. Incluso antes de que estallara la Guerra Hispanoamericana, y antes de que se implantara la decisión de invadir a Puerto Rico durante ese conflicto, el gobierno de Estados Unidos tenía la intención de arrebatarle Puerto Rico a España, de una manera u otra. Lo hizo, como un botín de guerra.

A finales de 1898, el Tratado de París estableció las condiciones bajo las cuales España cedió a Estados Unidos su control sobre Filipinas, Guam y Puerto Rico, mientras renunciaba a su soberanía sobre Cuba. Para entonces, los actores políticos y jueces estadounidenses habían internalizado nociones jerárquicas basadas en la idea de «raza», utilizándola para explicar y justificar la dominación de los «blancos» sobre el continente y sus habitantes que no eran blancos.

En 1901 llegaron al Tribunal Supremo de Estados Unidos los primeros casos que examinaron la validez de la política colonial sobre las nuevas posesiones. Al proveerle bendición jurídica a la dominación colonial sobre seres humanos y lugares, ese tribunal descansó en nociones de jerarquía «racial».

Para entonces, el discurso que los jueces articularon había estado en circulación durante varias décadas. En esencia, decía ese discurso que existe una capacidad innata para la creación de instituciones y para gobernarse a sí mismos, que se le niega a todas las «razas», excepto a los estadounidenses de extracción anglosajona. Dado que los puertorriqueños eran una «raza alienígena» (no eran anglosajones), debían ser gobernados por su propio bien, y se les otorgarían pequeñas dosis de gobierno propio, según demostraran que las merecían.

El estatuto de 1900 del Congreso, el cual estableció una estructura gubernamental para Puerto Rico, no cumplió con las expectativas de un sector de la élite «local». Ocurre que ese sector de la élite puertorriqueña de principios del siglo 20 (lidereado por Muñoz Rivera) tenía a la Carta Autonómica de 1897 como referente para medir el grado de magnanimidad del gobierno estadounidense. Pero, hasta el día de hoy, los poderes de gobierno que allí se otorgaron por España no han sido disfrutados bajo la «bandera americana».

El descontento con la Ley Foraker de 1900 no fue universal, pues la facción pro-estadidad (lidereada por Barbosa) racionalizó que los puertorriqueños necesitaban un período de tutela antes de ser admitidos como «iguales» a través de la estadidad. Todavía hoy, los llamados «estadistas» siguen esperando su preciada «igualdad», como las proverbiales damas de honor que nunca se convierten en novias.

Lo que la élite boricua de principios del siglo 20 admiraba de Estados Unidos era su condición de potencia mundial ascendente, y que era supuestamente una democracia liberal. En sus mentes, el contraste con España no podía ser más evidente. Pero la Carta Autonómica fue el resultado de un régimen español debilitado. En contraste, Estados Unidos era un imperio en ascenso, con el único interés –propio del imperialismo decimonónico a los dos lados del Atlántico– de asegurar la expansión que tanto deseaban sus capitalistas. Lo que nunca entendieron muchos de los políticos puertorriqueños de entonces fue que la retórica estadounidense de democracia y libertad era eso, palabras bonitas que no reflejaban las verdaderas intenciones del gobierno estadounidense.

El fenómeno que llamamos «poder» es más relevante que si la metrópolis imperial está vestida con atuendos autocráticos o democráticos. Los políticos puertorriqueños de entonces no dieron muestras de que comprendían tal truismo. Los de hoy, tampoco parecen comprenderlo. Es la mala práctica y el embelesamiento como constantes.

El estatuto de 1917, la Ley Jones, estableció una legislatura bicameral electiva –el estatuto de 1900 sólo permitió la elección de una “Cámara de Delegados”– y convirtió a los puertorriqueños en ciudadanos estadounidenses. Esa naturalización estatutaria y masiva se había contemplado al menos desde 1910. Los actores políticos estadounidenses razonaron y calcularon que tal medida consolidaría la hegemonía de Estados Unidos sobre los puertorriqueños. Estaban en lo correcto.

La ciudadanía estadounidense le ha facilitado a Estados Unidos legitimar algunas realidades de la anterior «nacionalidad estadounidense» de los puertorriqueños, como el servicio militar. También hizo que los puertorriqueños sintieran total seguridad al ejercer su opción de ir a Estados Unidos como les plazca, sin la necesidad de visas y todas las molestias por las cuales los extranjeros tienen que pasar. También ha provisto un discurso plausible para quienes anhelan la estadidad: la ciudadanía estadounidense sólo puede ser completa a través de la igualdad y los derechos políticos que proporciona la estadidad.

Además de articular la idea de que la estadidad es una cuestión de derechos civiles –que la ciudadanía estadounidense «de segunda clase» es contraria a todas las nociones de igualdad– los estadistas siempre han convertido su servilismo en arma acusadora, al tildar a la facción del status quo de ser separatistas de clóset. Después de la Segunda Guerra Mundial, la facción de la estadidad incluso ha etiquetado de «comunismo» toda denuncia de la política colonial estadounidense.

La otra cara de esa moneda es que el servilismo de los estadistas nunca les ha ganado un mínimo de respeto en USA. Nunca tomados en serio, los actores políticos estadounidenses siempre han ignorado sus lloriqueos.

Pero es más perverso que eso, porque abogar por la estadidad le ha ganado millones de dólares a personeros políticos estadounidenses, quienes han cabildeado en el Congreso por un estatus político que los actores políticos estadounidenses han rechazado desde 1900. La idea del «estado de Puerto Rico» es rechazada visceralmente por las mismas razones que juristas americanos del siglo 19 inventaron lo que Mark S. Weiner ha tildado de constitucionalismo teutónico, el conjunto de ideas que se refleja en los casos insulares decididos por el Tribunal Supremo de Estados Unidos, según el cual el derecho a participar en los procesos políticos estadounidenses estaba reservado para los miembros de la «raza blanca» o «anglosajona».

La farsa

Los puertorriqueños no eligieron a su gobernador hasta 1948, y no tuvieron voz en los detalles de la estructura de su gobierno «local» hasta 1952. En 1950, el Congreso aprobó la Ley 600, que «autorizó» a los puertorriqueños a convocar una asamblea, con el fin de redactar una «constitución». Esa Ley 600 mantuvo en vigor todas las disposiciones de la Ley Jones de 1917, que contienen gran parte de los detalles de la hegemonía estadounidense, con el nombre de Ley de Relaciones Federales.

La «constitución del Estado Libre Asociado de Puerto Rico» no es una «Constitución», con mayúscula, pues no fue el acto soberano de un pueblo. Ningún pueblo soberano necesitaría permiso de otra entidad para darse a sí mismo un régimen constitucional. Al mantenerse incólume la supremacía de la Constitución y leyes de Estados Unidos se mantuvo incólume; y un «régimen constitucional» se caracteriza por la supremacía de su constitución, que es lo contrario a su supeditación a otras normas fundamentales o estatutarias.

A partir del Tratado de París, el gobierno de Estados Unidos es el soberano en Puerto Rico, y su rama legislativa ejerce «poder plenario» sobre el archipiélago y sus habitantes. Ha seguido haciéndolo en el marco del «Estado Libre Asociado». A merced del Congreso, los puertorriqueños no vivimos bajo un régimen constitucional, y todavía estamos aislados del resto del mundo, incapaces de tener relaciones diplomáticas o comerciales con otros países.

A partir de 1953, los tribunales federales y de Puerto Rico inventaron o repitieron una noción (doctrina sería un término demasiado generoso), según la cual los puertorriqueños «consintieron» a la dominación estadounidense. Es decir, que consintieron a ser gobernados sin atisbo alguno de democracia formal, a través de una supuesta aquiescencia genérica a cualesquiera leyes federales y acciones ejecutivas, presentes y futuras, que se aprobaran o implantaran. Ese fue supuestamente el precio que pagamos por el «privilegio» de disfrutar finalmente de un cabal «autogobierno local».

Después de la Segunda Guerra Mundial, el gobierno de Estados Unidos dijo estar comprometido con los procesos de descolonización. A su vez, implantó el astuto truco de permitir que los puertorriqueños de 1950 votaran en referendos a favor o en contra de la Ley 600, y por la constitución que entró en vigor en 1952. El gambito electoral, la «voluntad del pueblo puertorriqueño», se utilizó a partir de entonces para ocultar la dominación colonial, o al menos para legitimarla.

Un lugar arruinado

Entonces, ¿qué es el Estado Libre Asociado? La respuesta fácil sería que es la tercera permutación estructural de la misma condición colonial que ha durado más de 120 años.

Pero, en la medida en que ha sido una continuación del status colonial, el Estado Libre Asociado es también el triunfo del poder como dominación, en este caso, la hegemonía estadounidense sobre nosotros los puertorriqueños. También encarna nuestro estancamiento. También es la ineficacia de la facción de la estadidad, para la cual los actores políticos estadounidenses son infalibles, mientras esa facción parece ignorar su más que centenaria falta de influencia sobre ellos.

El Estado Libre Asociado es la cobardía y el desierto ético de los defensores del status quo, quienes gustan de llamarse a sí mismos «autonomistas» para conectarse con una tradición política supuestamente digna, pero que nunca ha dado frutos. Es la desolación causada por el capitalismo corporativo y depredador, que mastica a los seres humanos y los escupe, protegido y habilitado por la desregulación y otras políticas públicas criminales.

El Estado Libre Asociado es la corrupción de un grupo inútil de políticos puertorriqueños, sin más agenda que sus enormes, insaciables panzas. Es el haber llenado los puestos judiciales con enanos sin profundidad, sin cultura, sin pericia jurídica y sin ética, nombrados como jueces sólo por sus conexiones partidistas y familiares. Es la destrucción del servicio público, eliminando toda semblanza de meritocracia, capacidad y eficiencia.

El Estado Libre Asociado es la transformación forzada y desequilibrada de una sociedad rural y pobre de campesinos explotados en una masa frenética, casi sin alma, de consumidores de productos y entretenimiento estadounidenses. Nos quedamos sin rumbo, ocupados conduciendo nuestros automóviles, trabajando o no trabajando hasta la muerte, sin inclinación o tiempo para pausar y leer libros, escuchar buena música, pensar, meditar, participar en conversaciones y tomar acción.

El Estado Libre Asociado es la dominación colonial convertida en distopía, con migración masiva, un déficit de niños, en un callejón sin salida demográfico que ya les ha permitido hacer dinero a los acaparadores estadounidenses. Hoy en día, los puertorriqueños que aún están en el archipiélago viven en un lugar en ruinas.

El Estado Libre Asociado es sinónimo de pesimismo y desesperanza. Es la devastación sin sentido de un pueblo una vez vibrante, cuyas deficiencias culturales no fueron abordadas, sino utilizadas como excusa para hacer nada. A la deriva, Puerto Rico bajo el Estado Libre Asociado es un barco velero sin velas.

[1] El Insularismo Dialogado, en Mercedes López-Baralt, Sobre ínsulas extrañas: El clásico de Pedreira anotado por Tomás Blanco 24 (Mercedes López-Baralt, ed. 2001).

[2] Id. También usa la frase «la conflictividad de nuestra identidad nacional». López-Baralt, pág. 33.

[3] López-Baralt, pág. 28.

[4] López-Baralt, págs. 28–31. Desde el punto de vista de España, Veve cometió traición. Desde mi punto de vista, su gesto carece de honor y de mérito, pues aspiraba a seguir dominado, esta vez por otro imperio hasta entonces desconocido –y desconocido aún hoy para la mayor parte de los asimilistas y entusiastas de la «unión permanente».

[5] Véase, e.g., César J. Ayala & Rafael Bernabe, Puerto Rico in the American Century: A History Since 1898 19 (2007).

[6] José Luis González, El país de cuatro pisos y otros ensayos (1980; 13ra ed. rev. 2018).

[7] González, supra nota 6, págs. 18–19.

[8] González, pág. 25.

[9] González, pág. 11.

[10] Id.

[11] González, págs. 17; 25.

[12] González, pág. 22.

[13] Elabora este autor: «La pobreza de la producción cultural de la clase propietaria cafetalera en toda la segunda mitad del siglo xix (en comparación con la producción cultural de la élite social de la costa) nos habla de un tipo humano y social fundamentalmente inculto, conservador y arrogante, que despreciaba y oprimía al nativo pobre y era a su vez odiado por éste. Ese odio es lo que explica, entre otras cosas, las ‘partidas sediciosas’ que en 1898 se lanzaron al asalto de las haciendas de la ‘altura’». González, pág. 23. Para un estudio revelador sobre las partidas sediciosas, véase Fernando Picó, 1898: La guerra después de la guerra (1987).

[14] González, supra nota 6, págs. 14–15.

[15] González, pág. 25 (itálicas en el original).

[16] González, pág. 29.

[17] Según González, también verían el fin de la hegemonía de la élite boricua como parte de un bienvenido ajuste de cuentas. González, págs. 31–32. Véase Ayala & Bernabe, supra nota 5, págs. 14–24, que provee un buen resumen de las vicisitudes y luchas políticas de los habitantes del archipiélago bajo los cuatro siglos del régimen español.

[18] Antonio S. Pedreira, Insularismo (1934).

[19] Pedreira entiende una «cultura» como «el repertorio de condiciones que dan tono a los sucesos y cauce a la vida de los pueblos; esa peculiar reacción ante las cosas –maneras de entender y de crear– que diferencia en grupos nacionales a la humanidad». Pedreira, supra nota 18, pág. 14.

[20] José Juan Rodríguez Vázquez, El sueño que no cesa: La nación deseada en el debate intelectual y político puertorriqueño 157 (2004).

[21] Rodríguez Vázquez, supra nota 20, págs. 157–158. Abunda este autor que es «con la ruptura» que se da en 1898 «que la imagen de Puerto Rico como nación comienza a fraguarse» en ese sector; y que el «cambio de metrópoli significó una ruptura con el pasado que nos dejaba sólo ante dos posibles representaciones del país: la de Puerto Rico como una muchedumbre huérfana no constituida como pueblo o de la Isla como una nación apta para los derechos y las obligaciones que conllevaban la mayoría de edad». Rodríguez Vázquez, pág. 158. En lugar de «ruptura», Manrique Cabrera acuñó la frase «el trauma del 98». Nos dice López-Baralt que «no por frase hecha [la misma] deja de tener un referente angustioso: la impotencia que siente una nación cuando pasa como botín de guerra de un imperio a otro sin haber tenido voz ni parte en la contienda». López-Baralt, supra nota 1, pág. 23.

[22] Rodríguez Vázquez, supra nota 20, pág. 46.

[23] Rodríguez Vázquez, pág. 49.

[24] Id.

[25] Rodríguez Vázquez, págs. 40–42.

[26] López-Baralt, supra nota 1, pág. 20.

[27] Rodríguez Vázquez, supra nota 20, pág. 66.

[28] El capitalismo, el mercado, «lo que … Pedreira [llama] civilización, exhibe una constante e implacable tendencia a extender su radio de acción, a tragarse todo el universo social, a convertirse en regulador de todas las relaciones humanas, a incorporar todos los objetos, incluso la naturaleza, a sus circuitos mercantiles, a someterlo todo a las leyes y los imperativos de la competencia y de la acumulación incesante de valores de cambio». Rafael Bernabe, La Maldición de Pedreira 46 (2002).

[29] Bernabe, supra nota 28, pág. 52.

[30] Bernabe, págs. 52; 53.

[31] Arcadio Díaz Quiñones, El arte de bregar 59 (1998).

[32] Díaz Quiñones, supra nota 31, pág. 56.

[33] Véase Karl Popper, The Open Society and its Enemies (1945).

[34] Sobre los efectos sociales, sicológicos y políticos que tiene la dominación imperial sobre las sociedades coloniales, véase Albert Memmi, The Colonizer and the Colonized (1957; 1965).

[35] El de Pedreira es «un modelo patricio donde la pléyade heroica estará compuesta por los propietarios de la alta cultura dispuestos a laborar a favor de reformas para realizar una modernización ordenada». Los miembros de esta élite eran «conocedores de los límites que imponen el poder imperial y la realidad circundante, que deciden actuar comedidamente para sacar al país del estancamiento y encaminarlo en la ruta del progreso». Rodríguez Vázquez, supra nota 20, pág. 216.

[36] Para una discusión sobre qué cualifica como una «buena explicación», y de lo que son sociedades estáticas y sociedades dinámicas, véase David Deutsch, The Beginning of Infinity: Explanations that Transform the World 1–33; 379–396 (2011).

[37] Rodríguez Vázquez, supra nota 20, pág. 160.

[38] Id.

[39] Id. Rodríguez Vázquez inserta a Muñoz en la «tradición del nacionalismo moderado». En esa tradición, «su papel como reorganizador de la misma fue fundamental, hasta el punto de que fue capaz de devolverle su papel hegemónico luego de dos décadas de indudables desajustes e inestabilidad política». Rodríguez Vázquez, pág. 257.

[40] Rodríguez Vázquez, pág. 261.

[41] Rodríguez Vázquez, pág. 262.

[42] Rodríguez Vázquez, pág. 263.

[43] Véase Ronald Fernandez, The Disenchanted Island: Puerto Rico and the United States in the Twentieth Century 165–172 (1992).

[44] Afirma Rodríguez Vázquez que «las élites políticas e intelectuales del país, que reconocían la superioridad material metropolitana y la diferencia espiritual con lo puertorriqueño, se empeñaban en convencer a las nuevas autoridades de que su visión de la población isleña sólo aplicaba a una masa atrasada de hombres humildes que debían ser civilizados». Pág. 159. A su vez, estas élites se auto nombraban «propietarios de una cultura moderna que los capacitaba para dirigir la empresa civilizadora. El nacionalismo moderado creía posible transformar la dominación norteamericana en una alianza de sectores ilustrados». Con la nueva metrópoli se daría «el desarrollo material del país y la consolidación de su personalidad cultural». Id.

[45] Ronald Fernandez escribió: Muñoz and Moscoso were asleep at the wheel. Why, after all, would absentee factory owners behave any differently than the absentee owners of the Central Guanica or Aguirre? Fernandez, supra nota 43, pág. 170.

[46] Arcadio Díaz Quiñones, La memoria rota 18–19 (1993). En uno de múltiples pasajes elocuentes, indica este autor: «Todo el proceso se presentaba como el movimiento de un pueblo que se movía al unísono, bajo la dirección de una vanguardia política e intelectual. Ese sería uno de los lugares comunes más firmes del discurso histórico. El modelo populista no había entrado en crisis, y mantenía todo su esplendor retórico». Id., pág 20. Para la frase «años de la utopía industrial», véase id., pág. 23. Este autor también los llama los «años del apogeo industrial», id., pág. 30, en los cuales «la censura y el paternalismo…hacían imposible una crítica radical de la cultura oficial». Y afirma que se dio «un embate arrollador de la coerción uniformadora del ‘progreso’ populista» y un «entusiasmo por la Razón tecnológica que se presentaba como intransigente moral universal». Id., pág. 84.

[47] Díaz Quiñones, supra nota 46, pág. 20.

[48] Díaz Quiñones, págs. 20–21.

[49] Véase Díaz Quiñones, págs. 20–66.

[50] Díaz Quiñones, pág. 21. Menciona este autor un discurso de Muñoz Marín en 1953, en el cual el carismático líder «reiteraba la esperanza en los frutos de la sociedad industrial…. Era preciso ‘alcanzar’ a las sociedades más avanzadas, como una especie de imperativo moral ascético: sentirse, reconocerse y comportarse como modernos…. La superación, eliminación, o neutralización del pasado pre-moderno aparecía como la primera prioridad. El desarrollo tecnológico y económico era la utopía». Díaz Quiñones, pág. 43.

[51] En otra obra, nos dice este intelectual: «Una de las paradojas profundas de la historia puertorriqueña del siglo 20 es que el Partido que forjó el mito del campesino ‘jíbaro’ con los signos de su cultura como base de su política populista, creó vertiginosamente las condiciones para que los jíbaros reales emigraran en masa a los Estados Unidos, y acabó dándoles la espalda. Muchos de los emigrantes no tenían ni tradición de insurrección, ni de participación ciudadana. Tuvieron que bregar en condiciones de gran vulnerabilidad». Arcadio Díaz Quiñones, El arte de bregar 60–61 (1998).

[52] Véase Díaz Quiñones, supra, nota 46, págs. 85–86: «En Puerto Rico, el empobrecimiento radical del debate público y de la educación estatal, así como la arrasadora destrucción de los ríos y bosques de la isla, y de sus ciudades, han llegado a producir verdaderas catástrofes que suelen despacharse –salvo algunas excepciones- con frases consoladoras. San Juan es hoy una ciudad durísima, profundamente segregada. Es como la suma de los engaños y la indiferencia de los que cínicamente desprecian todos los códigos con el fin de lucrarse, o de quienes sienten un odio feroz por la cultura urbana». Para una discusión sobre los estragos urbanísticos, ecológicos y humanos de la tiranía del automóvil, balanceada por un reconocimiento de sus elementos liberalizadores, véase Bernabe, supra nota 28, págs. 12–25.

[53] Díaz Quiñones, supra nota 46, págs. 46–47. En sus nuevas comunidades en Estados Unidos, los emigrantes reivindicaban «una cultura que, en algunos casos, quería ya negarlos por ‘asimilados’, desvalorizándolos, destituyéndolos de su dignidad histórica. La figura del ‘otro’ volvía bajo una nueva forma: los emigrantes. ¿Qué nos autoriza a hablar [de] –y a definir– al ‘otro’?» Díaz Quiñones, pág. 48.

[54] Díaz Quiñones, págs. 24–25.

[55] Díaz Quiñones, pág. 25.

[56] Díaz Quiñones, pág. 35. Abunda, a la página 36: «La Universidad y las fuerzas armadas se confundían teórica e institucionalmente. Eran eficaces represores de la disidencia, los guardianes de la ortodoxia en los años del macartismo». Pág. 36. Y: «En la Universidad los desfiles militares eran una gran demostración de poder, en una institución que había suprimido las organizaciones estudiantiles y censurado las actividades ‘políticas’». Pág. 37.

[57] Díaz Quiñones, pág. 22.

[58] Lo articula así: «Muy pronto aquella imagen primorosamente coloreada e interpuesta entre la realidad y nosotros empezó a desvanecerse», pág. 19; y que «no fue hasta finales de la década del sesenta y los años setenta que empezó a hacerse dramáticamente visible la crisis que ha ido exacerbándose hasta hoy, restándole legitimidad y apoyo a un proyecto que ya no parece viable». Díaz Quiñones, pág. 23. Además, sentencia, de nuevo con la elocuencia de quien tiene claridad de pensamiento: «Hoy, en medio de las erráticas postrimerías de aquel proyecto modernizador, en medio de las duras y crueles ciudades puertorriqueñas, resulta difícil imaginarse la esperanza, la alegría, el mesianismo providencialista, el paternalismo, la arrogancia, las ilusiones que caracterizaron los años de apogeo de la utopía industrial». Pág. 45.

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Roberto A. Fernández

Writer, amateur saxophonist, lawyer. My book “El constitucionalismo y la encerrona colonial de Puerto Rico” is available at the libraries of Princeton and Yale.