Intentando develar el misterio de la parálisis colonial

(Lo que sigue es el Capítulo VII del borrador de un libro que estoy escribiendo, cuyo título preliminarmente es «Puerto Rico: Cultura y parálisis»).

Lo que más llama la atención del presente régimen colonial es su longevidad. Durante ya más de 120 años de presencia estadounidense, una constante ha sido su aceptación, más o menos pasiva, por al menos ocho generaciones de puertorriqueños. La resistencia al régimen, que sí ha existido y ha tomado distintas formas, nunca ha dado paso a un proceso social y político que culmine en ponerle coto al gobierno imperial.

¿Qué factores han contribuido a nuestra aceptación de ese régimen? ¿Cómo y por qué se ha reproducido la misma, generación tras generación?

Ya que las culturas se componen de ideas y de las actitudes y acciones que emanan de las ideas, habría que indagar en la historia cultural y social del país para comenzar a entender nuestra aversión –o indiferencia– a la soberanía, a la tarea de constituir un estado-nación. Las ideas que sostienen esa aversión surgieron y crecieron de manera orgánica. Hago mi particular indagación sobre ello en este capítulo.

Como parte de tal examen, evalúo si el concepto de hegemonía es suficiente para explicar el consentimiento a la presencia estadounidense en Puerto Rico. Para llevar a cabo esa evaluación, exploro si la explicación radica, no en las estrategias de dominación que enfatizan teóricos de la hegemonía, sino en circunstancias históricas, culturales y sicológicas de la nación subordinada que preceden a la presencia y dominio estadounidenses.

Sostengo que reflexionar sobre este problema requiere un examen de la cultura puertorriqueña en cuanto conjunto de ideas, actitudes, y modos de hacer y no hacer. Tal examen obliga a tomar en cuenta el devenir histórico del conjunto humano que llamamos «los puertorriqueños». Propongo que hay unas continuidades culturales –de ideas, actitudes, cosmovisiones y prácticas– que conectan el presente periodo de subordinación a Estados Unidos con el periodo colonial bajo España, las cuales arrojan alguna luz sobre las razones para la longevidad de la dominación estadounidense. Comienzo con una discusión breve del Siglo 19 puertorriqueño, que es cuando se comienzan a gestar las luchas políticas de lo que a partir de entonces los habitantes de este archipiélago hemos llamado «el país».

Una nación que no ha intentado constituir un estado

La manifestación en el siglo 19 de una cultura puertorriqueña no vino acompañada de un vibrante sentimiento separatista. Desde el punto de vista imperial, las medidas represivas de España durante ese siglo se justificaban ante la rebeldía de las élites cubanas; y se justificaban mucho menos en Puerto Rico, dada la inexistencia aquí de un movimiento independentista tenaz o efectivo. Episodios separatistas — notablemente, el Grito de Lares, de 1868 — parecen confirmar la debilidad de la facción separatista. Pero también hubo represión en Puerto Rico, y muchos han argüido que la misma ha tenido un efecto importante en la psique colectiva de esas generaciones y de las venideras.

Así que la represión en tiempos de España ocurrió, a pesar de la marginalidad y debilidad de los llamados «separatistas». Es interesante que a los conspiradores del Grito de Lares les perdonaron la vida; y no estuvieron mucho tiempo presos –aunque muchos arrestados a través de la isla sí murieron en prisión. Pero, particularmente en 1887, sí se reprimió con bastante brutalidad a muchos «autonomistas», quienes siempre se limitaron a solicitar meras reformas que no incluían rompimiento con la metrópoli. Hay muchos indicios de que esa represión era también innecesaria y hasta viciosa, pero estamos hablando de la España monárquica y autocrática, que había perdido ya casi todo su imperio por haber sido, de acuerdo a su visión, demasiado tolerante.

La represión más aguda bajo Estados Unidos se dio en las décadas de 1930 y 1950, como reacción a las actividades del Partido Nacionalista. Además, los miembros del Partido Independentista Puertorriqueño (fundado en 1946), y los de otros partidos y grupos, fueron reprimidos hasta finales de la década de 1980, incluso por el aparato policial del E.L.A., que ya para la década de 1950 empezaba a tener mayor protagonismo en esa represión.

Sin embargo, la represión y violencia metropolitanas, aunque en mayor o menor grado presentes bajo España y bajo Estados Unidos, no proveen la explicación a nuestra duradera y constante aceptación de la dominación colonial. Es de notar que ese tipo de violencia ha tenido efectos contrarios en otros pueblos subyugados. En todo caso, es un factor entre muchos, y no creo que haya sido decisivo, lo cual pretendo sostener.

Los independentistas de Puerto Rico reconocen que aquí nunca ha cuajado una masa crítica que pueda desembocar en la independencia. Nuestro caso es bastante sui generis en ese sentido, junto a otras colonias estadounidenses –también con poca extensión territorial (menos población que nosotros), y débil «separatismo», tales como Samoa, Guam, e Islas Vírgenes. (Ello invita a explorar el efecto sicológico del «tamaño»). De ahí que, incluso al tocar fondo el régimen colonial en la en extremo miserable década de 1930, Albizu no logró un cambio de rumbo, mientras su arresto y convicción no se tradujo en más rebelión.

Con la posible excepción de Haití, los movimientos independentistas americanos fueron creación de las élites coloniales. Estados Unidos de América es un ejemplo de ello, donde a la población en general no le interesaban los «agravios» del parlamento británico, que motivaron a los ricos coloniales a separarse. Esa población tenía presente la preeminencia de esas élites coloniales, que era más relevante para ella que cualquier agravio de la corona británica.

Para combatir la apatía del «populacho», y tener soldados y apoyo de las masas, las élites de Estados Unidos, y de América Latina, se valieron de la retórica de derechos proveniente de ideas de la Ilustración europea. Por lo tanto, identificaron las monarquías imperiales europeas como los enemigos del pueblo todo, con promesas de libertad que no incluyeron a la población esclava, y que fueron parcialmente incumplidas, sobre todo en América Latina.

Por los primeros tres siglos bajo España, Puerto Rico casi no fue explotado económicamente. No fue hasta el siglo 19 que hubo atisbos de una élite «criolla», la cual al principio fue incipiente y débil, pues el desarrollo económico apenas despegaba. Por eso, era «liberal-autonomista» o «conservadora-anexionista» (la mayoría de esa última facción la componían peninsulares). El sector «separatista» era minoritario.

El desarrollo económico que se dio en el siglo 19 produjo ganadores y perdedores. El proletariado explotado de la costa y de la montaña terminó resintiendo a los hacendados cafetaleros y azucareros; y a los comerciantes y prestamistas. Desde entonces, se atisba que el «pueblo» no ha querido que esa élite mande de verdad. Pero todo tiene un precio, y preferir que mande un poder externo no será una excepción a tal truismo.

Bajo Estados Unidos se mantuvo ese alineamiento. ¿Por qué? La élite del país (criolla y peninsular) se debilitó con el «cambio de soberanía», pues las políticas del gobierno de Estados Unidos destruyeron a los hacendados cafetaleros; y le dieron gran parte del control de la industria del azúcar a capitalistas estadounidenses. Sin élite independentista no hay independencia; y en el siglo 20, la aún más débil e impotente élite del país –dividida como estaba, según explica José Luis González– alineó sus intereses con la dominación política y económica de Estados Unidos.

En búsqueda de explicaciones

Existe en la sociedad puertorriqueña una aceptación generalizada a la presencia, gobierno, y hegemonía estadounidense. La aceptación de esa subordinación puede producir perplejidad, no sólo por su repetición intergeneracional, sino porque la esencia de la dominación estadounidense ha permanecido inalterada durante más de un siglo. Tal aceptación ha conllevado mantenernos más o menos impávidos ante su monolítica, incólume estructura, la cual ha permanecido década tras década, ya siglo tras siglo.

Las limitaciones del concepto de hegemonía

Efrén Rivera Ramos y Steven Lukes examinaron el fenómeno que el primero denomina como «hegemonía», y que Lukes llama «poder como dominación». Sostiene el jurista puertorriqueño que el fundamento material de la hegemonía está vinculado a la satisfacción de necesidades. [1] Lukes hace afirmaciones similares, a la vez que define este tipo de poder como «la facultad para evitar que las personas, en cualquier grado, tengan quejas» sobre su subordinación, «al moldear sus percepciones, cogniciones y preferencias de tal manera que acepten su rol en el orden existente». [2]

Según Lukes, ello requiere contestar: «¿Cómo obtienen los poderosos el cumplimiento de aquellos a quienes dominan?» — y, más específicamente, ¿cómo se aseguran de su cumplimiento voluntario?»[3] Son preguntas relevantes, sin duda. Pero, en el caso de Puerto Rico, quizás la pregunta fundamental es si la sociedad con la que Estados Unidos se encuentra en 1898 será dominada sin necesidad de grandes esfuerzos.

Rivera Ramos examina el marco ideológico, cultural, material y jurídico de la dominación estadounidense, para decirnos que el efecto de las estructuras y estrategias de poder ha sido producir, consolidar y reproducir el consentimiento de los puertorriqueños a la hegemonía de Estados Unidos. A su vez, identifica los eventos jurídicos más importantes: los casos insulares, y la unilateral naturalización colectiva de los puertorriqueños como ciudadanos de Estados Unidos.

Según el profesor Rivera Ramos, tres factores han contribuido a la aceptación de los puertorriqueños a su condición de sujetos coloniales de Estados Unidos: el «discurso de derechos», la «ideología del estado de derecho», y vivir bajo un régimen de «democracia parcial». Los dos primeros factores «han sido características claves del proyecto hegemónico estadounidense y elementos constitutivos del proceso de legitimación». [4]

Para Lukes, el «poder como dominación» crea en el grupo subordinado la percepción de que sus intereses son atendidos y satisfechos. Rivera Ramos enfatiza la importancia de la percepción de los subordinados de que el grupo dominante «tiene el conocimiento, los recursos, y la experiencia que se requieren para administrar los asuntos generales de la sociedad. La posición hegemónica de ese grupo es posible en la medida en que el ‘sentido común’ que prevalece en la población general puede ser moldeado por la cosmovisión del grupo [dominante]». [5]

A su vez, elabora Rivera Ramos paralelamente a Lukes, esa hegemonía también depende de la disposición del grupo dominante «para incorporar las demandas de otros grupos y satisfacerlas, al menos parcialmente».[6] Procedo a examinar la aplicación y validez de dichas afirmaciones en el caso nuestro.

Primero, considero pertinente recalcar que la España monárquica y autocrática no tenía en Puerto Rico los problemas de gobernabilidad que enfrentaba en Cuba. Al buscar explicaciones para la estabilidad de la dominación estadounidense sobre Puerto Rico, las realidades en tiempos del dominio español no se deben subestimar; mucho menos ignorar. Sobre todo, por la poca resistencia, incluso la bienvenida, al nuevo imperio.

Segundo, la imagen de Estados Unidos como defensor «liberal» de los derechos ciudadanos pareció deslumbrar a la élite política puertorriqueña de finales del siglo 19 y comienzos del 20. (Quizás es también cierto que usaron esa imagen de Estados Unidos para explicar, y justificarse a sí mismos, su aceptación de la presencia del nuevo poder imperial). También atrajo a sectores populares, oprimidos por hacendados, comerciantes y usureros, quienes vieron con esperanza la presencia del supuesto paladín de la democracia. [7]

¿Por qué se recibió a los americanos con esperanza? ¿Por qué se les hizo fácil establecer su dominio? ¿Por qué la violencia que sí se desató tuvo como objeto a los hacendados peninsulares y extranjeros? Sobre esa última pregunta, una de las claves parece radicar en los resentimientos que José Luis González enfatizó en sus ensayos, que habrían sido la causa de la violencia de las partidas sediciosas. Picó encontró en su investigación que la «revancha» fue la motivación principal de las partidas. [8] En cuanto a las razones para la pobre imagen de España, mala imagen que podría contestar en gran medida las primeras dos preguntas, es pertinente apuntar a la irrelevancia histórica del gobierno de Madrid en las vidas de los pobladores (hasta que en el siglo 19 se aprueban decretos reales que trastocan su modo de vida); y la debilidad de España (pues perdió casi todo su imperio en América durante el primer cuarto del siglo 19).

Para cuando se hace sentir ese gobierno de Madrid, ya había perdido su imperio; y las medidas que tomó se reciben con desagrado, por el impacto que tuvo en esa población el perder sus estancias y pasar a ser jornaleros de hacendados extranjeros. Es decir, las actitudes negativas hacia España del puertorriqueño de finales del siglo 19 y comienzos del 20 podrían explicarse así: Los primeros 3 siglos de la presencia española se caracterizaron por el abandono casi total de la población. Sólo prestó atención a las necesidades de la ciudadela fortificada, y nunca se ocupó de desarrollar la isla. Cuando esto comienza a cambiar, ya a finales del 18 y, sobre todo, en el siglo 19, las medidas económicas tuvieron efectos que los pobladores del campo percibieron como nefastas. De estancieros pasaron a ser peones de hacendados extranjeros.

Esas circunstancias no podían conducir a un apego al gobierno español. A eso se suman los gobernadores militares –los capitanes generales– quienes, acuartelados en la ciudadela de San Juan, trataban con desprecio y ocasional represión a los isleños.

La otra realidad es que pasamos de la tutela de un virtual ex imperio, un país en decadencia política y económica, a un imperio en ascenso, con su apabullante capitalismo e imagen de paladín de la democracia y la modernidad. Sin embargo, como elaboro más adelante, habría que indagar si la facilidad con la cual Estados Unidos estableció su dominación en Puerto Rico denota, más que una consecuencia de su poder, que su relativa facilidad para avasallar a los puertorriqueños es producto de su «suerte».

En 1900, el grueso de la élite dirigente del país pasó de la esperanza a la confusión (y ahí se quedó hasta hoy, en estado de embelesamiento). Al principio, se ilusionó con que seríamos un estado de la unión estadounidense; a la vez que los miembros de esas facciones lideradas por Barbosa y Muñoz Rivera concebían a Estados Unidos como una república de repúblicas. Mas esa concepción ya era problemática al ratificarse la Constitución que se redactó en 1787, la cual creó una sola soberanía y una sola fuente de normas supremas.

Esa idea de soberanos participando de una confederación se alteró en 1788, al derogarse los Artículos de Confederación con la ratificación de la Constitución que se redactó el año anterior; y, en todo caso, se terminó de esfumar con el resultado de la Guerra Civil de 1861–1865. Así que, desde la perspectiva de más de 12 décadas de dominación colonial estadounidense, es notable que ya para 1900 se comenzaron a manifestar las febriles y fantasiosas mentes de los políticos de nuestro país.

Tercero, Estados Unidos nunca ha «incorporado las demandas» o «satisfecho las necesidades» de las clases populares y élites puertorriqueñas. A pesar de ello, su negativa a descolonizar a Puerto Rico no se tradujo nunca en una oposición importante al régimen, ya fuera masiva o de la élite. En lo político, Puerto Rico está hoy en el mismo limbo colonial en el que se hallaba al aprobarse la primera ley orgánica, la Ley Foraker de 1900. Es por ello que no concuerda con la realidad la percepción de que Estados Unidos ha sido democrático, justo y benevolente en el aspecto político de su relación con Puerto Rico.

En el siglo 19 surgió una élite política, cuyo grueso provino del sector «autonomista», al cual el Partido Popular Democrático ha presentado –con un grado importante de plausibilidad– como su ascendencia política e histórica. Ante la decepción que representó la Ley Foraker, esa corriente política se reactivó. [9]

Al igual que el PPD, el decimonónico Partido Autonomista luchó por algún grado de gobierno propio, a la vez que abogaba por mantener los lazos políticos con la metrópoli española. El antecesor del Partido Autonomista, el Partido Liberal Reformista, fue el primer partido que se fundó en Puerto Rico, el 24 de noviembre de 1870. [10] Los liberales reformistas aspiraban a cierto grado de descentralización administrativa, comenzando por «la ampliación de las facultades de la Diputación Provincial y de los ayuntamientos».[11]

Afirman Ayala y Bernabe que, «durante más de un siglo, la corriente autonomista ha buscado instalarse en ese espacio político-cultural subordinado y a la vez distinto». [12] A su vez, nos dice Trías Monge que los liberales reformistas escogieron y definieron sus propósitos «con extremo cuidado para evitar en lo posible la imputación de separatismo».[13] En la llamada facción autonomista, esa timidez y su pusilanimidad han sido una constante desde entonces hasta nuestros días. Así que el posicionamiento político ambivalente e inefectivo de quienes por largas décadas hemos llamado «estadolibristas» es una constante más que centenaria, que se remonta al siglo 19.

Ilustra lo tortuoso y fútil del camino de reformar el régimen colonial que, desde la década de 1910, unionistas y republicanos buscaban hacer electivo el cargo de gobernador. La Ley Jones de 1917 mantuvo el nombramiento presidencial del puesto de gobernador, según era desde 1900. No fue hasta 1947 que el Congreso aprobó la «ley del gobernador electivo». Luego de la aprobación de la Ley 600 de 1950 –mediante la cual el Congreso «autorizó» la redacción de una supuesta constitución, que sustituiría parte de la Ley Jones– se implantó la estructura gubernamental actual, a cumplir siete décadas en 2022.

La Ley Foraker estuvo vigente por diecisiete años; la Ley Jones por treinta y cinco años, el doble del tiempo que estuvo vigente la Foraker. A su vez, en 2022 el E.L.A. pasaría a cumplir 70 años, el doble del tiempo que estuvieron vigentes las secciones de la Ley Jones que dictaban la estructura del gobierno colonial. (Recuérdese que muchas de las disposiciones de la Ley Jones pasaron a ser la todavía vigente Ley de Relaciones Federales). Durante esas siete décadas, desde 1952, los múltiples intentos por ampliar los «poderes de gobierno propio» de Puerto Rico han fracasado.

La realidad es que los reclamos de mayor «gobierno propio», de «más autonomía», llevan más de un siglo estrellándose contra la negativa de los gobernantes estadounidenses a tan siquiera concebir que Puerto Rico pueda o deba obtener poderes que los estados no poseen. Lo mismo ha ocurrido con los reclamos de estadidad, pues esos gobernantes tampoco conciben un «estado de Puerto Rico». Que esa negativa, e indiferencia, hayan sido acompañadas de condescendencia, amabilidad, y cabildeo –gran parte del mismo pagado con dinero del tesoro de Puerto Rico– no la hacen menos patentes, pero sí más cínicas.

Así que Estados Unidos se topó en Puerto Rico con una situación auspiciosa, distinta a la de Filipinas, nación que fue sometida mediante una violencia espantosa, célebre por el sadismo racista y asesino de las tropas estadounidenses. Su resistencia llevó a que en 1916 el gobierno estadounidense ya le estuviera prometiendo la independencia. [14] En contraste, las bajas expectativas de los puertorriqueños de 1898 habían sido moldeadas por condiciones históricas y materiales, por sus indiferencias y desapegos a ideas e ideales libertarios, por su pragmatismo inmediatista, y por sus particulares racionalizaciones y reacciones sicológicas al estatus sociopolítico de subordinación.

En tal escenario, cualquier «estrategia» dirigida a obtener o mantener el consentimiento de los subordinados no requeriría cambiar sustancialmente las condiciones de vida de aquel pueblo empobrecido y analfabeta, cuyo potencial no se había destapado para mejorar su vida. Tampoco requeriría reconocerle a Puerto Rico importantes poderes de «gobierno propio».

Ya que las demandas políticas nunca han sido satisfechas, cualquier percepción contraria está divorciada de la verdad; y devela un conformismo entroncado en bajísimas expectativas sobre lo que merecemos o necesitamos. Cualquier disonancia entre realidad y percepción no es producto de estrategias de dominación implantadas por la nación hegemónica. Propongo, en su lugar, que ese disloque es indicio de varios factores, entre los cuales están aspectos culturales y cognitivos, incluso deficiencias de expectativas y de autoestima, las cuales a su vez son independientes de las «estrategias de dominación» de la nación hegemónica. [15] No perdamos de vista otros factores, tales como el mencionado desapego a ideales e idealismo y el inmediatismo pragmático y estrecho de miras, que no toma en cuenta el conjunto social, sino lo inmediato de cada cual.

Cuarto, concurro con Rivera Ramos en que ciertas «estrategias» que él identifica –el discurso de derechos, la idea del estado de derecho, y el dogma de gobernanza liberal y democrática– forman parte del marco ideológico en que se basan las racionalizaciones y justificaciones para la subordinación. Es decir, se echa mano de ellas como parte del discurso de legitimación del régimen colonial; o están presentes de manera implícita en las apologías a la presencia estadounidense. Que los actores políticos puertorriqueños –derrotados desde 1898 en sus [supuestas] aspiraciones de cambios al estatus colonial– todavía articulen la idea de que todo lo bueno es gracias a la presencia estadounidense, responsable de la «democracia» que disfrutamos, provee una ventana a su rol en la duración de la larga noche colonial.

Esa realidad no se alteró por arte de magia con el llamado «cambio de soberanía». Durante las primeras cinco décadas de dominación estadounidense, la mayoría de los puertorriqueños siguieron viviendo día a día, muchos en una miseria espantosa. Cabe, por lo tanto, explorar si su subordinación, su escasa rebeldía, no fue producto de nuevos discursos diseñados para legitimar el régimen político o la miseria; y sí de otros factores que se arrastran desde tiempos de España.

Rivera Ramos no toma en cuenta que, bajo España, el discurso legitimador giraba alrededor de la Madre Patria, la monarquía, la hispanidad, y el catolicismo. Tales «justificaciones» al régimen colonial anterior son en extremo distintas a las que Rivera Ramos identifica bajo el régimen estadounidense; pero fueron más que suficientes, en el contexto de una población que ni siquiera requería de tales racionalizaciones, viviendo día a día como podía.

Durante las primeras cinco décadas del siglo 20, el régimen estadounidense no significó mejores condiciones de vida para la mayoría de la población. Por lo tanto, tales racionalizaciones –las que identifica Rivera Ramos, otras actuales y las que se articulaban en el siglo 19– parecen ser creadas o reproducidas por las élites afectas al imperio, cuyo fin es retórico, sicológico y político. No surgen –antes ni ahora– de manera orgánica, aunque sean objeto de algún grado de consumo o asentimiento popular.

También cabe ponderar que la falta de liderato hace muy difícil, o imposible, la movilización de las masas. La élite partidista del país ha sido pusilánime en extremo, pero siempre pendiente de su bienestar. Durante los momentos de mayor miseria, tanto en la década de 1930 como hoy, el grueso de esa clase dirigente se ha limitado a procurar mantener las prebendas que obtienen con su acceso al menguado poder colonial.

Quinto, como he adelantado, en lo social y económico la situación no ha sido más auspiciosa. Además de la ignominia en lo político, las primeras cinco décadas del siglo 20 se caracterizaron por la miseria económica, mientras capitalistas estadounidenses –y criollos– explotaban a la población y ganaban millones. Aparte de las ocasionales demandas y huelgas de los trabajadores, la primera reacción de resistencia no ocurrió hasta la cuarta década, con Albizu Campos y el Partido Nacionalista –quienes fueron reprimidos, incluso de forma violenta.

El hecho es que el balance fue uno de paciencia y resignación ante un cuadro tétrico de miseria. No hubo ahí satisfacción de otros intereses, tales como una vida más digna, con menos explotación y menos hambre. Con la excepción del pequeño Partido Nacionalista, el país no presentó entonces reto importante alguno a la hegemonía metropolitana.

Como quiera, claro está, hubo una represión importante contra Albizu y el nacionalismo, tanto en la década de 1930 como en la de 1950. La represión contra el independentismo continuó, y tomó distintas formas y estrategias, desde la persecución, hostigamiento y carpeteo, hasta el asesinato. [16] Tan significativo como la represión han sido las reacciones de los puertorriqueños, las cuales no han sido monolíticas, pero entre las cuales han prevalecido la complicidad, el fatalismo, la pasividad, y el conformismo. [17] Quizás la represión sirve de racionalización adicional para hacer nada.

Es plausible plantear que, al usar el aparato policiaco del E.L.A. para reprimir al independentismo, los partidos dominantes contribuyeron al estancamiento colonial. Con ello, habrían ayudado a decimar las fuerzas políticas y sociales que se veían como amenazadoras de la estabilidad del status quo. Habrían también contribuido a la futilidad de sus gestiones a favor de más reformas que liberalicen al régimen colonial, o que otorguen algún grado de participación en los procesos político-electorales de la metrópoli que nos gobierna. A su vez, tengo la impresión de que, más que la represión, el factor más relevante se encuentra en los mecanismos sutiles pero efectivos de embelesamiento colectivo, los cuales inhabilitaron cualquier capacidad o resistencia que se pudo desarrollar –que fuera la base para presionar o incentivar al gobierno estadounidense a reformar el régimen colonial en su versión inaugurada en 1952.

Hoy, el país está sumido en una nueva etapa de pobreza, y se decimó la clase media que surgió en la posguerra. La respuesta de muchos ha sido emigrar a Florida y otros estados, disminuyendo así la población del archipiélago. La larga crisis socioeconómica del modelo estadounidense-muñocista comenzó a dar visos de agotamiento hace más de cinco décadas. Mas, la sociedad en la cual ello se ha dado es una donde, como expresó José Luis González, «la miseria se ha disfrazado de opulencia consumista y la zozobra de desaprensión y frivolidad».[18] Nuestra inserción al capitalismo estadounidense de la posguerra se ha dado a un alto costo.

De nuevo, cabe preguntar si ahí se atisban indicios de deficiencias culturales y cognitivas, las cuales son independientes de las «estrategias de dominación» que Rivera Ramos enfatiza. Quizás, esas deficiencias no han dado paso a una inmunidad importante al entramado capitalista-publicitario, al cual se ha sumado un urbanismo antihumano que entorpece o neutraliza la capacidad para la socialización sana y estimulante, y para la acción concertada y efectiva.

Es decir, todo indica que la forma de vida que se nos impuso luego de la Segunda Guerra Mundial ha contribuido a perpetuar nuestra parálisis y encerrona. Ese modo de vida nos esclaviza con trabajo, materialismo, aislamiento, banalidad, consumismo, pragmatismo mal concebido y mal implantado, conformismo; todo ello reforzado por los medios de comunicación, el entramado todo de socialización y aculturación, y las ciudades fragmentadas donde impera la tiranía del automóvil, la atomización y el desarraigo.

Una cultura en la cual nunca han imperado la búsqueda y aprecio de la belleza, lo intelectual, el pensamiento crítico, la ética ni el dinamismo, carece de la agudeza de miras que se opone a la ceguera típica del estancamiento. Y ello no ha sido por ausencia de talento, sino por el déficit de condiciones culturales y políticas para potenciar ese talento y la acción colectiva.

En resumen, el imperio no ha dado paso a un desarrollo económico ni político. La percepción de que se han satisfecho nuestras demandas y necesidades es una ilusión, atada a una sociedad estática, miedosa, y miope. Ello sugiere que la percepción es suficiente y poderosa.

Ante lo anterior, planteo que esa percepción ha sido producto, sobre todo, de la cultura con la que Estados Unidos se encontró en Puerto Rico, cuya reproducción no se paralizó en 1898. Cabe ponderar, por lo tanto, si la facilidad con que Estados Unidos estableció su dominación sobre los puertorriqueños es un caso de suerte, más que de poder o de «poder como dominación».

Es un error, afirma Dowding, presumir que quien se beneficia de determinado resultado se valió de su poder para producirlo; pues a veces se trata más de suerte que de poder. [19] Aquí se trataría de lo que dicho autor llama «suerte sistemática», de grupos que se benefician de cómo está estructurada la sociedad que buscan dominar. Esa suerte sistemática denota «el hecho de que [grupos] pueden obtener lo que quieren sin actuar, y esta propiedad es parte de ciertas ubicaciones dentro de la estructura social e institucional. Suerte en este sentido se acerca más a fortuna que a simple casualidad».[20]

Estados Unidos encontró en Puerto Rico un orden social y una cultura que le facilitó, en lugar de entorpecer, su expansión capitalista y militar. Por supuesto, su poder militar le permitió arrebatarle el archipiélago a España. Pero tuvo que hacer muy poco o nada para establecer las condiciones que facilitaron su hegemonía. La imagen del doctor Veve Calzada casi nadando hasta el buque de guerra –rogando que invadieran Fajardo, imaginando en la potencia del norte todas las bondades y ningún defecto, para luego conformar toda su sicología y prácticas a esa ilusión– podría muy bien ser emblemática de esa «suerte» de que habla Dowding. Tal conducta parece extrema, pero quizás contiene la esencia de la ignominiosa historia del colonizado portorricensis.

Otras claves sicológicas, históricas y culturales

Otro factor a considerar es la necesidad sicológica de autoestima. En nuestro caso, sentirnos bien con nosotros mismos, crear un sentido gratificante de identidad individual y colectiva, se ha moldeado de tal manera que ha prescindido de una nacionalidad política separada. Lo contrario parece ser cierto, que tal necesidad ha estado ligada, en importante grado, a la dominación del imperio estadounidense.

Creo que no debe subestimarse el rol de nuestra percepción de que hemos sido parte, aunque modestamente, del poder global estadounidense. Esa percepción ha sido reforzada por la presencia de cientos de miles de puertorriqueños en las fuerzas armadas y guerras estadounidenses. Entonces está la percepción de que todo lo americano es sinónimo de modernidad, progreso y bondad. Desarrollos recientes, y otros por ocurrir, podrían socavar esos y otros factores de la ecuación del consentimiento al colonialismo; o podrían no tener efectos importantes, dada la debilidad en que se encuentra Puerto Rico, acentuada por las divisiones tribales, una visión simplista e incompleta de la realidad, antiguos miedos, y un desbalance demográfico que pone en peligro la viabilidad o existencia misma de la nación puertorriqueña.

Como ya discutí, algunos autores han argüido que existe una relación causal entre antiguos resentimientos de clase, los cuales se remontan cuando menos al siglo 19, y el escepticismo sobre la deseabilidad de la soberanía nacional. El trabajo del historiador Fernando Picó proporciona los datos que explican la naturaleza y los orígenes de esos resentimientos. [21] Como vimos en el capítulo anterior, José Luis González observó que las clases oprimidas de la montaña y la costa no tenían interés en una independencia que mantendría su opresión a manos de los hacendados de café y del azúcar, y de los avaros comerciantes y prestamistas usureros. [22]

Pero, propongo que cualquier poder explicativo de estos antiguos y ocultos resentimientos, en lugar de racionalizar el hecho de que no hemos optado por la soberanía nacional, sugeriría que no optar por ella sobre esa base sería otro ejemplo de nuestra estasis. Es decir, si hay algo de cierto en esa explicación, entonces los viejos resentimientos y desconfianzas –entidades subcutáneas presentes en nuestro ethos cultural– deberían ser, pero no lo son, superados ante los cambios en las circunstancias y la realidad de la explotación capitalista-imperialista estadounidense.

Al fin y al cabo, esa explotación ha sido tan, o más abusiva, que cualquiera proveniente de las élites puertorriqueña o española del siglo XIX –y más relevante, omnipresente desde 1898 hasta hoy; presente y constante, no algo del pasado. De nuevo, esa explicación se basa en percepciones que surgieron a mediados del siglo XIX, pero que están desvinculadas de las nuevas circunstancias que comenzaron a gestarse con el llamado cambio de soberanía. La constante desde 1898 ha sido que el principal explotador es el capitalismo y el aparato de gobierno estadounidense, no en menor medida porque tiene mayor poder que la menguante y servil élite puertorriqueña.

Ello no niega que quizás reconocemos la realidad de los abusos del «americano» –de la explotación en las centrales azucareras, en las fábricas, a manos de los financiers– pero que la preferimos a una explotación criolla, a ser abusados por otros boricuas con ínfulas de superioridad. Es decir, es plausible que reconozcamos la explotación capitalista-imperialista estadounidense; pero, visceral e instintivamente –como un reflejo profundo, también culturalmente transmitido– la preferimos a la que podamos recibir de los riquitos y las élites puertorriqueñas en un Puerto Rico soberano. Esa mentalidad contendría la admisión de que nos sentimos incapaces; y que la incapacidad de actuar se proyecta en un hipotético y temido futuro post-americano, en el que seremos gobernados por una oligarquía puertorriqueña. Es difícil concebir mayor pesimismo que ese.

Coda

A partir de 1898, Estados Unidos se benefició de un orden sociocultural preexistente. Ese orden, que se había estado forjando por cientos de años en la nación subordinada, ha sido lo suficientemente estable y auspicioso a su hegemonía como para no requerir elaboradas estrategias de dominación. La hegemonía de un poder anterior no fue seriamente cuestionada o retada, patrón que se ha mantenido por las últimas doce décadas.

Una comunidad cuya cultura es estática, y a su vez plagada de miedos y divisiones, no requiere de «estrategias de dominación» para ser subyugada; pues ya está dominada por esos miedos y divisiones, y por la inacción, presa fácil del imperio de turno. Por ello, por las razones ya discutidas, es que sostengo que los esquemas teóricos de Rivera Ramos y de Lukes no explican la longevidad de nuestra aceptación más que centenaria al régimen colonial estadounidense.

[1] Efrén Rivera Ramos, The Legal Construction of Identity: The Judicial and Social Legacy of American Colonialism in Puerto Rico (2001).

[2] Steven Lukes, Power: A Radical View 11 (2nd ed. 2005) (traducción mía).

[3] Id., pág. 12.

[4] Rivera Ramos, supra nota 1, pág. 193 (traducción mía).

[5] Rivera Ramos, pág. 15.

[6] Id.

[7] Rivera Ramos, pág. 211: Los «sectores subordinados de la sociedad puertorriqueña se sintieron atraídos hacia el nuevo régimen. Muchos puertorriqueños trabajadores, mujeres, y negros y mestizos vieron en las formas y símbolos del discurso jurídico y político americano una oportunidad de expulsar el estado de opresión social que ellos identificaron con el colonialismo español y con la élite criolla que los había explotado y marginado».

[8] Véase Fernando Picó, 1898: La guerra después de la guerra 81–124 (1987). Véase también César J. Ayala & Rafael Bernabe, Puerto Rico in the American Century: A History Since 1898 15–16; 19 (2007).

[9] Para González, «[e]l desencanto sólo sobrevino cuando la nueva metrópoli hizo claro que la invasión no implicaba la anexión, no implicaba la participación de la clase propietaria en el opíparo banquete de la expansiva economía capitalista norteamericana, sino su subordinación colonial a esa economía». José Luis González, El país de cuatro pisos y otros ensayos 29 (1980; 13ra ed. rev. 2018).

[10] 1 José Trías Monge, Historia constitucional de Puerto Rico 57 (1980).

[11] Id., pág. 58. La Diputación Provincial «no era un organismo legislativo propiamente dicho». Entre sus «modestas atribuciones», proponía «obras y medidas a su ver necesarias para el fomento de la agricultura, el comercio, la industria y la educación; examinaba las cuentas de los ayuntamientos, formaba los repartos contributivos; y supervisaba la inversión de los fondos públicos». Id., pág. 27.

[12] Ayala & Bernabe, supra nota 8, pág. 10 (traducción mía).

[13] Trías Monge, supra nota 10, pág. 58.

[14] Véase, e.g., José A. Cabranes, Citizenship and the American Empire: Notes on the Legislative History of the United States Citizenship of Puerto Ricans, 127 Pa. L. Rev. 391, 393–394 n.5 (1978).

[15] Marqués escribió sobre «esta notoria incapacidad para la asociación intelectual de situaciones, hechos e ideas», la cual «es rasgo que debe ya considerarse típico de la personalidad del puertorriqueño». René Marqués, El puertorriqueño dócil y otros ensayos 168 (4ta ed. 1993).

[16] Véase, e.g., Rivera Ramos, supra nota 1, págs. 200–203; Arcadio Díaz Quiñones, La memoria rota 76 (1993).

[17] Rivera Ramos, pág. 203: «Sectores importantes de la población puertorriqueña han llegado a percibir muchas de las acciones y prácticas descritas como ilegítimas. Pero otros han ‘validado’ esas acciones y prácticas, en diversos momentos, haciendo referencia a la noción de que son maneras apropiadas de lidiar con los ‘subversivos’. En ese sentido, la continuación de esas prácticas ha dependido de la existencia de un entendido social, con varios grados de extensión y de profundidad, que sancione su legitimidad». (Traducción mía).

[18] González, supra nota 9, pág. 140.

[19] Keith Dowding, Power 71 (1996).

[20] Id. (Traducción mía).

[21] Véase Fernando Picó, Libertad y servidumbre en el Puerto Rico del siglo xix (1979); Amargo Café: Los pequeños y medianos caficultores de Utuado en la segunda mitad del siglo xix (1981); 1898: La guerra después de la guerra (1987). Véase también Ayala & Bernabe, supra nota 8, págs. 15–16; 19.

[22] Véase, e.g., González, supra nota 9, págs. 22–24. González afirmó: «La clase trabajadora puertorriqueña…también acogió favorablemente la invasión norteamericana, pero por razones muy distintas de las que animaron en su momento a los hacendados. En la llegada de los norteamericanos a Puerto Rico los trabajadores vieron la oportunidad de un ajuste de cuentas con la clase propietaria en todos los terrenos». Id., págs. 31–32.

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Writer, amateur saxophonist, lawyer. My book “El constitucionalismo y la encerrona colonial de Puerto Rico” is available at the libraries of Princeton and Yale.

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